2. LAMEC Y SU FAMILIA
(Génesis 4:19-24)
Después de la historia de la primera familia, encontramos en Génesis 4 y 5 dos genealogías. Una es la descendencia de Caín, la otra la de Set. Ambas terminan con la breve descripción de una familia.
La primera es el hogar de Lamec. “Lamec tomó para sí dos mujeres; el nombre de la una fue Ada, y el nombre de la otra, Zila. Y Ada dio a luz a Jabal, el cual fue padre de los que habitan en tiendas y crían ganados. Y el nombre de su hermano fue Jubal, el cual fue padre de todos los que tocan arpa y flauta. Y Zila también dio a luz a Tubal-caín, artífice de toda obra de bronce y de hierro; y la hermana de Tubal-caín fue Naama. Y dijo Lamec a sus mujeres: Ada y Zila, oíd mi voz; mujeres de Lamec, escuchad mi dicho: que un varón mataré por mi herida, y un joven por mi golpe. Si siete veces será vengado Caín, Lamec en verdad setenta veces siete lo será” (Génesis 4:19-24).
En esta breve descripción vemos a Lamec con todas las características de su antepasado Caín. Sus palabras y sus hechos demostraban que se había alejado aún más de Dios y de su Palabra que Caín. Este último había tomado una esposa, según los pensamientos de Dios. A menudo se pregunta de dónde consiguió esta mujer. Hay sólo una clara respuesta bíblica. Adán “engendró hijos e hijas” (Génesis 5:4). Dios “de una sangre (Adán) ha hecho todo el linaje de los hombres” (Hechos 17:26). Entonces, Caín se casó con una de sus hermanas.
Pero Lamec actuó en contra de las intenciones de Dios al tomar dos esposas. La poligamia está en contradicción con el orden que Dios estableció en la creación (Génesis 2:24). Quien conoce la Biblia, sabe que Dios toleró la poligamia, pero nunca la aprobó. Vemos como consecuencia que este mal siempre ocasiona su propio castigo. Lo que se observa en ciertos países confirma esta regla. No se puede esperar parejas y hogares ideales y felices si no están fundados en este principio bíblico.
Lamec no actuó en ignorancia. Génesis 4:24 muestra que conocía las palabras de Dios. No sentía ninguna necesidad de tener la protección que Dios había prometido a Caín. Su dicho, lleno de orgullo y vanagloria, manifestaba que se consideraba capaz de defenderse a sí mismo. ¡Él mismo podría luchar por sus propios derechos! No necesitaba a Dios en absoluto. La propia voluntad, la independencia y el autoritarismo eran las características dominantes de su personalidad. Con tales características, uno puede «lograr» mucho en este mundo pecaminoso.
Esto también puede advertirse en las sucintas palabras que describen a la familia de Lamec. Sus tres hijos mostraban las mismas características que su padre. Los tres llegaron a ser famosos en el mundo de su tiempo. Fueron los precursores en la esfera de sus talentos y actividades. Jabal, el agricultor, fue llamado “padre de los que habitan en tiendas y crían ganados”. Jubal llegó a ser “padre de todos los que tocan arpa y flauta”. Fue el sobresaliente pionero en el mundo del arte y de la cultura. El tercero fue Tubal-caín, padre de los herreros, de todos los que trabajan con bronce y hierro. Con razón podemos considerarlo como el precursor en el mundo industrial de su tiempo. Podemos imaginarnos con qué respeto lo miraban a Lamec sus contemporáneos. ¡Qué hogar más brillante tenía este hombre! ¿Cómo no envidiarlo? ¡Tener tres hijos que alcanzaron un lugar de liderazgo en la sociedad!
¿Qué padres no se alegran cuando sus hijos logran una posición importante en este mundo? Se sacrifican económicamente para dar a sus hijos una buena educación y emplean mucho tiempo y energía para ese fin. ¿No se alegrarían entonces del éxito de sus hijos, y se sentirían algo orgullosos de ellos? Así ocurre con la mayoría de los padres hoy en día, lo mismo que con Lamec. Sin embargo, ¿era cierto que todo fue tan bello como parecía? ¿No se fijó Lamec sólo en las apariencias? ¿Hacemos lo mismo nosotros, padres, en nuestro tiempo?
Lamec tenía un contemporáneo que se llamaba Enoc. Él también pertenecía a la séptima generación desde Adán, pero era de la línea de Set, que invocaba el nombre de Dios (Génesis 4:26). Enoc caminaba con Dios, lo que no hizo Lamec, sino todo lo contrario. También se casó y engendró hijos e hijas. Por lo que sabemos, él y su familia no fueron de influencia en el mundo de su tiempo. Enoc no vivía para este mundo, sino que caminaba con Dios.
Los ideales de la persona que anda con Dios son diferentes de los de aquellos que viven sólo para este mundo. Tiene otras normas para valorar las cosas. Por eso Enoc veía su trabajo y su vida en este mundo de un modo totalmente diferente de Lamec.
Dos pasajes más todavía hablan de la manera de vivir de Enoc y completan lo que se dice en Génesis. Su andar con Dios era un andar por la fe, que terminó cuando fue traspuesto en gloria (Hebreos 11:5-6). Este hombre, por medio de la fe, discernió el carácter de enemistad contra Dios del mundo de su tiempo. Por eso, entendió que este mundo se encaminaba hacia el juicio de un Dios Santo. Profetizó de este juicio venidero y advirtió a sus contemporáneos (Judas 14). Desgraciadamente, el mundo de entonces no lo tomó en serio. Tres generaciones más tarde, en los días de Noé, este juicio llegó bajo la forma del diluvio.
La historia de Lamec y de su familia encierra una seria advertencia para nosotros y para nuestras familias. ¡Que no se me mal interprete! No es pecado desear que nuestros hijos se beneficien de una buena educación. Evidentemente no es pecado tener una profesión o un oficio en este mundo. No tiene demasiada importancia si trabajamos en el orden de la agricultura, de la cultura o de la industria, hasta que podamos ejercer nuestra profesión en comunión con Dios y para su gloria.
Nosotros, creyentes, no pertenecemos más a este mundo. Dios “nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo” (Colosenses 1:13). Por gracia, somos de aquellos que del mundo el Padre dio a su Hijo (véase Juan 17:6). Pero, todavía estamos en este mundo. Por eso tenemos que cumplir un papel que implica numerosas responsabilidades.
El apóstol Juan escribió: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan 2:15-17).
Necesitamos la fe de un Enoc para andar de una manera conforme con nuestro lugar y nuestra responsabilidad en este mundo. El apóstol Pablo vio el peligro de hacer mal uso de este mundo y advirtió acerca del mismo. Pero enseña también la posibilidad de hacer buen uso de este mundo, y hacerlo para la gloria de Dios. “Los que usan del mundo, como no usándolo hasta lo sumo: porque la condición de este mundo se va pasando” (1 Corintios 7:31, V.M.). Uso y abuso pueden acercarse mucho. Fácilmente se pasa del uno al otro.
Para aclarar este asunto, daré un ejemplo. Desde tiempos antiguos, el hombre ha hallado diversos medios de poner sus pensamientos por escrito a fin de comunicarlos a otros. Job ya conocía el arte de escribir y grabar (Job 19:23-24). Más tarde, se inventó la imprenta y, luego, otros medios de comunicación. Alguien dijo que todos estos inventos eran como escalones hacia el cielo o hacia el infierno. Podemos verificar que el diablo utiliza estos medios de manera intensiva para extender su reino. ¿Quizá por eso los creyentes han de rechazar toda cultura, haciéndose hostiles a ella, y haciendo una vida de aislamiento?
La imprenta, la radio y la televisión han vertido una ola de perdición sobre este mundo 1. He aquí el abuso. Sin embargo, utilizada con provecho, la imprenta permite hoy que se ponga la Biblia en manos de millones de personas. Por medio de la radio y los cassettes, las Buenas Nuevas de la salvación se proclaman a muchas personas que no saben leer. ¡Usemos las cosas del mundo, pero no hagamos abuso de ellas!
William Kelly, especialista en lenguas y gran conocedor de la Biblia, se encontró una vez con un profesor de filología antigua. Ambos eruditos en seguida se vieron sumidos en una profunda conversación. De repente, el profesor le preguntó: «Señor Kelly, ¿qué hace usted en su vida diaria?» La respuesta fue: «Estudio la Biblia, escribo acerca de ella y doy conferencias». El profesor replicó: «¡Qué lástima que semejante talento sea una pérdida para el mundo!» Kelly le respondió con tres palabras: «¿Para qué mundo?»
Esta última pregunta nos estimula a la reflexión. ¿Para qué mundo vivimos y trabajamos? ¿Para qué mundo educamos a nuestros hijos? Lamec, un hombre del mundo, educó a sus hijos para este mundo. Pero este último pasa. “Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Mateo 16:26). Digamos más bien con Josué: “Yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15).
Preguntas de la 2ª parte:
- ¿Cuáles son las características de la personalidad de Lamec y de sus hijos?
- ¿Qué versículo muestra que Dios no aprueba la poligamia?
- ¿Qué contrastes encontramos entre Lamec y Enoc?
1 N. del E.: Últimamente surgió un nuevo medio de comunicación de mayor alcance y peligro que los otros en todos los dominios, a saber: «internet».
3. NOÉ Y SU FAMILIA
(Génesis 6-9)
La maldad y la violencia de los hombres eran grandes en los días de Noé. Por eso Dios decidió destruir a toda la humanidad mediante un diluvio. Sin embargo, no lo hizo sin primero advertirles seriamente. Con paciencia y amor les dio aún ciento veinte años más para que se arrepintieran y se convirtieran. El apóstol Pedro habla de la paciencia de Dios que esperaba en los días de Noé (1 Pedro 3:20). Desgraciadamente nada cambió.
Noé mostró en su conducta una gran diferencia con sus contemporáneos. Era un hombre justo e irreprochable. Caminaba con Dios, como lo había hecho Enoc antes de él. Halló gracia en los ojos de Dios. Sin embargo, la oferta de la gracia de Dios no se dirigía sólo a Noé. También estaba destinada a “su casa” —a su esposa y a sus hijos—. Muchas veces encontramos en la Biblia la expresión “tú y tu casa”. Dios no quiere salvar solamente a individuos, sino a familias. En el tiempo de Abraham, cuando Dios hizo caer el juicio sobre Sodoma, Él decidió salvar a Lot. Los ángeles, que vinieron para destruir a Sodoma, preguntaron a Lot: “¿Tienes aquí alguno más?” (Génesis 19:12). Hasta nombraron primeramente a los yernos. Lot los buscó para llevarlos consigo. Desgraciadamente ellos se rehusaron a ir; no se dejaron salvar, y murieron. Pero Dios había querido que toda la familia de Lot saliese de Sodoma.
Dios indicó a Noé cómo hacer un arca para que sobreviva toda su familia. Cuando el arca se terminó de construir, Dios dijo: “Entra tú y toda tu casa en el arca” (Génesis 7:1). Y Noé entró en el arca con su esposa, sus hijos y las esposas de sus hijos. Así se salvaron todos. Los hijos y las nueras eran todos adultos, de unos cien años de edad. ¡Qué diferente actitud de la que tuvieron los yernos de Lot!
En Hechos 16 leemos lo que ocurrió con el carcelero de Filipos. En desesperante angustia clamó: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” La respuesta fue: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (v. 30-31).
Para Noé y los suyos, el arca era el único medio que los podía salvar; para el carcelero y su casa, era la fe en Jesucristo. “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). ¡Qué gracia cuando familias enteras se gozan en la salvación de Dios por la fe en Jesucristo!
Los hijos de Noé no fueron salvos por la fe de su padre, sino por el hecho de que, en obediencia a la palabra de Dios, entraron ellos mismos en el arca. Es un gran privilegio tener padres creyentes y conocer el Evangelio desde la juventud. Pero que nadie piense que uno puede ser salvo en virtud del ejemplo y la enseñanza de los padres creyentes. La salvación no se hereda, sino que se obtiene sólo por la fe personal en Jesucristo.
En 2 Pedro 2:5, leemos que Noé fue un “pregonero de justicia”. El versículo 14 de la epístola de Judas enseña que Enoc profetizó, y Pedro dice que Noé predicó. Ambos patriarcas tuvieron una vida que agradaba a Dios, con un testimonio público, y una predicación pública. Así Pablo podía animar a los creyentes a hacer lo que habían visto en él y oído de él (Filipenses 4:9). Nosotros también deberíamos tener un mismo testimonio.
Después del diluvio, Dios hizo un pacto con Noé y sus descendientes. La señal era el arco en las nubes (Génesis 9:12-17). El hombre puede poner su mirada en este arco y encontrar consuelo, cuando aparecen las nubes negras. Todos conocemos en la vida estas nubes amenazadoras que tanto nos asustan: enfermedades, penas, problemas de toda clase. Pero, en medio de estas nubes, podemos contemplar el arco que nos habla de una esperanza viva: Cristo, el fundamento de todas las promesas de Dios. No solamente nosotros miramos este arco, sino que Dios nos asegura que Él mismo lo ve y no olvida sus promesas.
“Edificó Noé un altar a Jehová, y tomó de todo animal limpio y de toda ave limpia, y ofreció holocausto en el altar” (8:20). Aquí se menciona por primera vez un altar. Todas las ofrendas que encontramos en Génesis eran holocaustos. En el Levítico se mencionan otros sacrificios que muestran, en figura la riqueza y los aspectos variados del sacrificio de Jesucristo. El Nuevo Testamento lo explica, en especial en la epístola a los Hebreos.
Cuando Dios percibió el olor grato que subió del altar, dijo en su corazón: “No volveré más a maldecir la tierra” (8:21). Esto no significaba que Noé y los suyos habían cambiado en el arca y que eran mejores hombres. Eran todavía los mismos, como lo muestra claramente el versículo 21. Sino que Dios, desde entonces, decidió manifestar su gracia, en virtud del sacrificio que Noé ofreció y que Dios aceptó con agrado.
Como todos los sacrificios, éste dirige nuestros pensamientos hacia el sacrificio que Jesucristo ofreció en el Gólgota. “Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Efesios 5:2). Dios fue satisfecho, y glorificado. La muerte de Cristo fue primeramente para glorificar a Dios. No obstante, fue ofrecido también por nosotros. Sólo en virtud de este sacrificio, Dios “nos hizo aceptos en el Amado” (Efesios 1:6). Después de nuestra conversión, no hemos llegado a ser mejores, en contraste con los incrédulos, que las ocho personas que entraron en el arca.
Pienso en esta familia de Noé, salva y bendecida por gracia. Estaban alrededor de su altar, un «altar familiar», quiero llamarlo. ¿Conocemos también un altar semejante en nuestras familias? Claro que no es un altar en el sentido literal, sino que mi pregunta es: Nosotros padres e hijos, ¿apartamos un tiempo para sentarnos juntos alrededor de la Palabra de Dios a fin de recibir consuelo y enseñanza? ¿Agradecemos juntos las bendiciones que recibimos de Él? ¿Oramos los unos con los otros, y los unos por los otros? Si tenemos esta buena costumbre, habrá preciosos resultados. Como esposos, nos estimaremos y nos amaremos más. Seremos un ejemplo para nuestros hijos, y haremos que aprendan a amarse y a cuidarse mutuamente. Si los quehaceres de la vida diaria —el trabajo, la carrera, los estudios— nos llevan a descuidar el servicio para Dios, los malos resultados no se dejarán esperar. ¿No será ésa la razón por la cual nuestra vida familiar manifiesta tan poco el carácter de una familia cristiana?
Génesis 9:18-28 continúa la historia de Noé y su familia. La situación en este hogar tan bendecido fue totalmente diferente de lo que hubiéramos esperado. El padre, en lugar de ser un modelo, cayó en pecado. Por falta de dominio propio, se embriagó. ¿Pueden los padres, que tan mal ejemplo dan a sus hijos, esperar de ellos respeto y reverencia? El hijo de Noé relató a sus hermanos lo que había visto, al parecer con cierto desprecio.
Sin embargo, la Palabra de Dios no enseña que los hijos deban honrar a sus padres sólo cuando lo merecen, sino siempre. Dios ha dado a los padres una autoridad que los hijos tienen que respetar, aun cuando ello les resulte difícil.
Por eso, Cam fue castigado, y este castigo recayó sobre Canaán su hijo. Sem y Jafet se entristecieron por el comportamiento de su padre. El amor cubre todas las cosas. Mostraron amor y respeto, y fueron recompensados por la bendición que les dio su padre.
Preguntas de la 3ª parte:
- ¿Cómo era el comportamiento de los hombres en los días de Noé y en qué sentido Noé constituyó una excepción a ello?
- ¿Cómo tenía que construir el arca, y qué significado tenía? ¿Quiénes entraron con Noé en el arca, y qué nos muestra esto?
- ¿Qué nos muestra que los hombres no eran mejores después del diluvio, y que sólo en virtud de un sacrificio podían encontrar gracia en los ojos de Dios? ¿Qué nos muestra Efesios 5:2 en cuanto a esto?
- ¿Cómo podemos nosotros edificar un «altar familiar» con nuestra familia?
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