4. ABRAHAM Y SU FAMILIA
(Génesis 11:26 a 25:11)
Abram fue llamado a salir de su tierra, de su parentela y de la casa de su padre, para ir a una tierra que Dios le mostraría (Génesis 12:1). En este pasaje encontramos tres círculos de personas, cada vez más pequeños. Por cierto que este llamado incluía a la propia familia de Abraham. Aquí también hallamos la idea de “tú y tu casa”. Parece que su sobrino Lot, probablemente soltero, fue incluido en este llamado. Génesis 11:31-32 sigue históricamente a Génesis 12:1.
Al principio, Abram dejó su tierra y su parentela, pero no la casa de su padre, Taré. Éste también salió; aún era el patriarca del grupo familiar, pero no llegó sino sólo hasta Harán, donde murió. A partir de ahí, Dios hizo que Abram quedase libre. Así, siguió su camino con los suyos, según la Palabra de Dios.
Los historiadores tienen la tendencia de pasar por alto las faltas y los lados malos de las personas célebres. La Biblia no procede así. Génesis 12 nos muestra una página triste de la vida de Abram y Sarai. Para proteger su propia persona, Abram propuso a su esposa ocultar el hecho de que eran casados y hacerse pasar por hermanos. Eso era una media verdad, pero, como casi siempre ocurre, en realidad se trataba de una mentira. La astucia tuvo éxito, pero este creyente, por su vergonzosa actitud, fue reprendido por un incrédulo.
Dios hizo al hombre diferente de la mujer. Tienen distintas cualidades, tareas y dominios de responsabilidades. Dios espera del hombre que actúe como cabeza de la familia, que ame a su esposa, que la cuide y la proteja. De la mujer espera que acepte a este jefe, y que se sujete a él. Referente a esto, Sarai es puesta como ejemplo para otras mujeres (1 Pedro 3:6).
El móvil que impulsó a Abram no era el amor por su esposa. No cumplió con su deber de protector para con ella. Actuó con egoísmo. Era capaz de dejar su esposa sufriera, con tal que a él le fuera bien.
Los hombres pueden ser tremendamente egoístas, al exigir que sus esposas hagan lo que a ellos les parece debido, sin preocuparse de las consecuencias que ellas podrían sufrir a causa de su manera de obrar. Esto no es otra cosa que el amor propio. Tal actitud daña cualquier matrimonio.
En este caso, podemos quedar sorprendidos de la abnegación de Sarai que aceptó su destino y se conformó con la proposición de su esposo a fin de salvarlo. Más tarde, Abraham volvió a cometer el mismo error que demostraba cuán arraigada estaba en su corazón esta pecaminosa actitud. En Génesis 20 leemos que partió a la tierra del Neguev y habitó en Gerar, corriendo así el mismo peligro. De nuevo, negaron ser esposos e insistieron en que eran hermanos. En consecuencia, el rey Abimelec mandó a tomar a Sara. Gracias a la intervención de Dios, la unión de Abraham y Sara fue preservada. Mediante un sueño, Abimelec recibió la revelación de la verdadera relación de ambos. Se disculpó de su conducta, cuando hizo observar que habían declarado que eran hermanos. En este sueño, Dios le dijo: “Yo también sé que con integridad de tu corazón has hecho esto; y yo también te detuve de pecar contra mí, y así no te permití que la tocases. Ahora, pues, devuelve la mujer a su marido; porque es profeta” (v. 6-7). Abimelec obedeció. Sin embargo, al día siguiente, llamó a Abraham y le reprochó su proceder para con él. Este rey pagano le hizo esta penetrante pregunta: “¿Qué pensabas, para que hicieses esto?” (v. 10).
“Abraham respondió: Porque dije para mí: Ciertamente no hay temor de Dios en este lugar, y me matarán por causa de mi mujer. Y a la verdad también es mi hermana, hija de mi padre, mas no hija de mi madre, y la tomé por mujer. Y cuando Dios me hizo salir errante de la casa de mi padre, yo le dije: Esta es la merced que tú harás conmigo, que en todos los lugares adonde lleguemos, digas de mí: Mi hermano es” (v. 11-13). Esta confesión revela que Abraham había decidido en su corazón cometer este pecado, desde hacía años, cuando salió de Harán. Allá estaba la raíz de este mal.
Abraham todavía no había alcanzado el nivel de fe que evidenció más tarde. Mediante toda clase de experiencias, descritas en estos capítulos, su fe creció y se fortaleció. Las promesas de Dios se repitieron y se hicieron progresivamente más precisas. Primero, Dios habló de su descendencia (12:7); luego, de su propio hijo (15:7); y, finalmente, afirmó que este hijo nacería de su mujer Sara (18:10). Después de esto, la fe de Abraham fue suficientemente fuerte para que Dios pudiera probarlo de una manera que nunca había conocido hombre alguno.
En Génesis 22:1-3 leemos: “Aconteció después de estas cosas, que probó Dios a Abraham, y le dijo: Abraham. Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré. Y Abraham se levantó muy de mañana, y enalbardó su asno, y tomó consigo dos siervos suyos, y a Isaac su hijo; y cortó leña para el holocausto, y se levantó, y fue al lugar que Dios le dijo”.
Pienso que jamás hubo creyente con un problema tal como el de Abraham. Por un lado, estaba la promesa de que Isaac iba a ser un pueblo grande, y, por el otro, el mandato de sacrificar a este hijo. ¿Cómo podía solucionar esta contradicción? Hebreos 11:19 nos da la respuesta: Creyó que Dios era poderoso para levantarlo aun de entre los muertos. Aquí resplandece una fe que supera ampliamente todo lo que podamos imaginar. En esto, Abraham es un ejemplo para todos los creyentes de todos los tiempos.
Consideremos ahora lo que está escrito en cuanto a Sara. Debe de haber sido una mujer muy atractiva. Su hermosura era tal que, en esas tierras paganas, otros hombres se la habría podido arrebatar a su esposo. El Antiguo Testamento no nos da ninguna información sobre su vida de fe. El hecho de ser estéril era para ella una tristeza difícil de aceptar. Encontramos varias veces esta pena en hogares descritos en la Biblia. Hoy, muchas mujeres también padecen lo mismo. En la dependencia del Señor —quien puede no conceder hijos, pero también aceptar las oraciones de los suyos (1 Samuel 1:5; Génesis 25:21)—, es posible recibir una ayuda médica eficaz en numerosos casos. La causa de esterilidad no siempre depende de la mujer. Unas veces, una intervención quirúrgica en el hombre puede dar resultados positivos. Otras veces, adoptar un niño puede ser una solución, aunque no siempre se eviten inconvenientes. A menudo he visto que parejas sin hijos realizaban un servicio tal para el Señor que jamás lo habría podido cumplir un matrimonio con hijos.
Sin embargo, tenemos que advertir contra métodos antimorales, es decir, pecaminosos. Por ejemplo, una mujer cuyo esposo es estéril, que se deja practicar una inseminación artificial por un donador, con o sin el consentimiento de su marido, o, en algunos países donde la poligamia es permitida, a veces se recurre a esta última solución, cuando la esposa es estéril. Pero, bajo el gobierno de Dios, este mal casi con seguridad ocasionará consecuencias desgraciadas.
Tal fue la proposición que Sara hizo a su esposo (Génesis 16). Puede que ella conociera la promesa de Génesis 15:4, pero los dos ignoraban aún que este hijo habría de nacer de Sara (18:10). Esto puede ser un justificativo para ella, pero no un motivo para aprobar esta solución.
En 1 Pedro 3:5-6, Sara es puesta de ejemplo para las mujeres creyentes, a causa de su sujeción a Abraham. Si esto da motivo a alguno a pensar que ella era una mujer de limitada iniciativa, servil y de poco carácter, se equivoca. Dios dio a Eva a Adán a fin de que fuera una ayuda idónea para él. Ella vivía en el mismo nivel que él, y lo mismo se puede decir de Sara y Abraham. ¿Qué ayuda recibe un hombre de su esposa si todo lo que ella sabe hacer es decir «sí», cada vez que su esposo propone algo?
Sin embargo, la solución que Sara propuso a Abraham no fue de ayuda para él. Habría sido mejor que no la hubiera escuchado. En Génesis 30 leemos que Raquel hizo lo mismo. En ambos casos, el hijo de la sierva debía ser contado como hijo de la señora. Estas proposiciones no provinieron de la fe, sino que evidenciaron, al contrario, una falta de confianza en Dios.
El nacimiento de Ismael, hijo de la sierva egipcia Agar, fue motivo de mucha tristeza. Luego, cuando Sara se sintió ofendida por el comportamiento de su sierva, hizo reproches a su esposo injustamente. No obstante, él le dio toda libertad para maltratar a su sierva; y así lo hizo.
En ese entonces Abraham tenía ochenta y cinco años, y no era tan anciano como en Génesis 18, cuando tenía cien años y Sara noventa años. Abraham creyó la promesa divina, pero Sara mostró claramente su incredulidad.
En Génesis leemos algo muy especial en cuanto a Sara. Dos veces tomó la iniciativa de dar un consejo a su esposo, sin que él se lo pidiera. Ya hemos visto que el primer consejo era malo, porque provino de la incredulidad. El segundo se encuentra en Génesis 21:10: “Echa a esta sierva y a su hijo, porque el hijo de esta sierva no ha de heredar con Isaac mi hijo”. Este consejo fue mal recibido por Abraham; le “pareció grave en gran manera”. Pero se equivocó. Dios le dijo: “En todo lo que te dijere Sara, oye su voz” (v. 12). Ella pareció tener mejor entendimiento en este asunto que su esposo.
Aprovechemos para recordar a los maridos creyentes la importancia que pueden tener para ellos los consejos y las opiniones de su esposa.
Preguntas de la 4ª parte
- ¿Cómo llamó Dios a Abram, y de qué manera lo guió a la obediencia? ¿De qué manera actúa Dios hoy en día con sus hijos?
- ¿En qué circunstancias muestra Abram su mala actitud en cuanto a su esposa? ¿Por qué lo hizo?
- ¿En qué pasaje leemos más sobre el problema de ser estéril?
- ¿Cuándo vemos que la fe de Sara faltara?
- ¿En qué sentido Sara es un ejemplo para las mujeres creyentes?
- ¿Cuáles fueron los resultados del matrimonio con Agar?
- ¿Qué buen consejo dio Sara a su esposo, y qué mal consejo?
- Busque otros ejemplos en la Biblia, en los cuales la esposa tiene una buena o mala influencia sobre su esposo.
5. LOT Y SU FAMILIA
(Génesis 11:31; 12:4-5; 13; 14; 18; 19)
La historia de esta familia es una de las más tristes de la Biblia. Cuando Abram y Sarai salieron de Harán, tomaron también a Lot, sobrino de Abram. Probablemente era todavía soltero, y por eso quizá se lo consideraba como parte de la casa de Abram. Los acompañaba en todas sus peregrinaciones, incluso a Egipto. Allá llegó a tener un rebaño y se convirtió en un ganadero independiente, aunque siguió viviendo cerca de Abram. Cuando hubo contienda entre los pastores de Abram y los de Lot, Abram sugirió que se separaran. Lot no dejó que su tío escogiera, como habría sido lo conveniente que hiciera, sino que él mismo escogió la fértil llanura del Jordán. Salió hacia el oriente y “fue poniendo sus tiendas hasta Sodoma”, aunque sabía que “los hombres de Sodoma eran malos y pecadores contra Jehová en gran manera” (Génesis 13:11-13).
Más tarde se estableció en la ciudad. Partió la suerte de los habitantes y fue tomado prisionero por el rey Quedorlaomer. Por la intervención de Abram, fue libertado. A pesar de esta lección tan seria, Lot volvió a vivir en Sodoma y obtuvo un puesto entre los ancianos y jueces de la ciudad. “Estaba sentado a la puerta de Sodoma” (19:1), el lugar de la autoridad (véase Proverbios 31:23.
Podemos suponer que halló a su esposa en Sodoma. Ella mostró ser muy apegada a la ciudad y le fue muy difícil salir de ella. Así es como Lot llegó a ser un importante ciudadano de esta ciudad, mientras que Abram y los suyos habitaban como extranjeros en tiendas y tenían comunión con Dios cerca de Su altar.
¡Qué contraste entre las dos familias! ¿Quién era más feliz? Hacer esta pregunta significa responderla. Lo que el apóstol Pedro escribe referente a esto es muy instructivo: Dios “condenó por destrucción a las ciudades de Sodoma y de Gomorra, reduciéndolas a ceniza y poniéndolas de ejemplo a los que habían de vivir impíamente, y libró al justo Lot, abrumado por la nefanda conducta de los malvados (porque este justo, que moraba entre ellos, afligía cada día su alma justa, viendo y oyendo los hechos inicuos de ellos)” (2 Pedro 2:6-8). ¿Cómo pudo este hombre soportarlo? Sin embargo, no es el único en tal caso. La mundanalidad y la mala elección de un cónyuge pueden hoy en día también ejercer una influencia desastrosa en un creyente.
Al leer Génesis 19, nos damos cuenta de cuáles eran los graves pecados cometidos en Sodoma. Evidentemente, la homosexualidad entre hombres de esta ciudad era una costumbre generalizada. Nos confrontamos con un asunto muy actual en nuestros días y, en este libro sobre el matrimonio y la vida familiar, no podemos pasar por alto este punto. Nos limitamos a lo que las Escrituras dicen al respecto. Génesis 19 y 2 Pedro 2 hablan muy claramente referente a ello.
El apóstol Pablo también escribió sobre lo mismo en Romanos 1:24-27: “También Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén. Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza, y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío”.
Hoy en día se oye mucho que la homosexualidad no es pecado, sino que las personas que la practican son «diferentes» por nacimiento. Muchos se oponen a considerar como pecado las manifestaciones contranaturales con las cuales Lot tuvo que confrontarse y sobre las cuales Pablo escribió. Dicen que estas personas son solamente distintas y que deben tener toda la libertad de vivir conforme a esta diferencia.
La consecuencia de este razonamiento conduciría a que se dé rienda suelta a las acciones de los pirómanos o de los cleptómanos, simplemente porque los incendios o los robos procederían del hecho de que esas personas son «diferentes». Pero ¡qué daños materiales resultarían! ¡Parece que ocasionar un daño material es mucho más grave que causar un mal moral!
Hoy en día, profesores, educadores, hasta predicadores pueden hacer pública esta «diferencia» sexual, y vivirla. Tanto adultos como niños están expuestos a estas influencias. Viene a ser como en Sodoma. Cuando Lot no quiso cooperar con estas maniobras, e intentó proteger a sus huéspedes, dijeron: “Vino este extraño para habitar entre nosotros, ¿y habrá de erigirse en juez?” (Génesis 19:9). Le hicieron gran violencia y quisieron matarlo. Los que hoy en día desaprueban estas teorías y prácticas perversas, se exponen a ser despreciados y reducidos al silencio. Nadie negará que algunas personas nacen con anomalías físicas o mentales. Es loable que se dediquen cuidados especiales a tales personas. Sin embargo, en Sodoma no era cuestión de diferencia natural, sino de un estado desnaturalizado y degradante. Esto lo vemos también en nuestros días. En otro tiempo se condenaba públicamente la homosexualidad como pecado, y se practicaba en secreto. Hoy en día, una creciente minoría exige abiertamente «sus derechos» y amenaza socavar los fundamentos de la sociedad, en la cual también los cristianos tienen la libertad de vivir según los principios bíblicos. Guardemos con profundo respeto los fundamentos del matrimonio y estemos en guardia contra todas las malas doctrinas y prácticas que lo amenazan.
Por la intercesión de Abram, el Señor quiso salvar a Lot. Pero, para esto, Lot tenía que apartarse de los habitantes de Sodoma y salir de la ciudad. La salvación era también ofrecida a su familia. Aquí encontramos también “tú y tu casa”, al igual que con Noé y con muchos otros ejemplos. La casa de Lot incluía a su esposa, a sus dos hijas y a sus dos yernos.
Noé tenía cierta autoridad moral, de modo que toda su familia —constituida por personas adultas— lo escucharon y fueron salvos. Con Lot era diferente. Sus yernos rehusaron salir de Sodoma. Murieron por su propia culpa. Lot tuvo la experiencia humillante por el hecho de que sus yernos no lo tomaron en serio. Su conducta equívoca fue seguramente la causa de esto. He aquí una seria lección para todos los padres creyentes.
A Lot mismo le costaba salir de Sodoma. Se demoraba, y los ángeles tuvieron que asirle de su mano, y la de los suyos, y sacarlos. La vida urbana moralmente malsana lo había influenciado de tal manera que escogió huir a la pequeña ciudad de Zoar, en vez de ir al monte, como Dios se lo había dicho primero.
Fue peor aún para su esposa. Fuera de Sodoma, no pudo separarse de la ciudad. Dejó que su esposo se adelantara, miró atrás y se volvió estatua de sal. Al mirar atrás desobedeció al mandato de Dios (19:17, 26). En cuanto al juicio venidero, el Señor Jesús pronunció estas serias palabras: “Acordaos de la mujer de Lot” (Lucas 17:32). Nosotros también debemos acordarnos de ella. Ligada a un esposo creyente, aunque espiritualmente débil, le fue ofrecida la oportunidad de ser salva. Por cierto, salió de Sodoma, pero no alcanzó el lugar de salvación, y se volvió estatua de sal. El historiador judío Flavio Josefo narra que, en su tiempo (primer siglo de la era cristiana), esta estatua todavía se veía.
Cuando Lot entró en Zoar, no se atrevió a quedarse allí, sino que se refugió en el monte y habitó en una cueva con su dos hijas. Luego ocurrió algo muy triste. Ellas emborracharon a su padre y cometieron incesto. Este abominable pecado es condenado por la ley. Desgraciadamente, esto quizás ocurre más frecuentemente de lo que uno se imagina.
De este acto inmoral nacieron Moab y Ben-ammi, padres de los moabitas y amonitas, pueblos que más tarde causaron muchos problemas a los israelitas. Aquí vemos también que el pecado recibe su propio castigo. Esto es lo último que se nos narra de Lot y su familia. ¡Tal es la conclusión humillante y trágica, aunque instructiva, de esta historia!
Por el materialismo y la mundanalidad podemos causar graves daños a nosotros mismos y a los miembros de nuestra familia. Al establecerse en Sodoma, Lot se expuso a sí mismo y a los suyos a grandes peligros morales. Hemos visto los resultados.
También en el mundo actual, puede haber muchos peligros. El apóstol Pablo enseña esto a los creyentes de Corinto. Entre los griegos era común el dicho «vivir a lo corintio», que significaba vivir una vida mala e inmoral.
Los creyentes no podían evitar todo contacto con las personas que vivían así. Sin embargo, Pablo les advirtió contra las asociaciones entre creyentes e incrédulos (2 Corintios 6:14). En 1 Corintios 15:33 dijo: “No os engañéis; las malas compañías corrompen las buenas costumbres” (V.M.). ¡Cuántos padres están tan ocupados que ni siquiera saben dónde están sus hijos y qué hacen en su tiempo libre! No saben quiénes son sus amigos ni lo que leen, ni los peligros que corren.
Como excusa se invocan las muchas ocupaciones y responsabilidades del trabajo. ¿Es un argumento válido ante Dios, quien nos ha confiado la responsabilidad de criar a nuestros hijos? ¡Que el ejemplo de Lot, quien tanto falló a este respecto, nos sirva de advertencia!
Preguntas de la 5ª parte
- ¿En qué pecado cayeron los hombres de Sodoma? ¿Qué dice el Nuevo Testamento en cuanto a este mal?
- ¿De qué manera la historia de Lot muestra que Dios quiere salvar a familias enteras? ¿Por qué sus yernos no se dejaron salvar?
- ¿Bajo qué influencia dañina crecieron en Sodoma las hijas de Lot?
- ¿Qué advertencias hallamos en la historia de Lot y su familia para nuestro tiempo?
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