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AMRAM (EL HOGAR SEGÚN EL PLAN DE DIOS)

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9. AMRAM Y SU FAMILIA

(Éxodo 2:1-10; 6:20)

“Un varón de la familia de Leví fue y tomó por mujer a una hija de Leví, la que concibió, y dio a luz un hijo; y viéndole que era hermoso, le tuvo escondido tres meses. Pero no pudiendo ocultarle más tiempo, tomó una arquilla de juncos y la calafateó con asfalto y brea, y colocó en ella al niño y lo puso en un carrizal a la orilla del río. Y una hermana suya se puso a lo lejos, para ver lo que le acontecería. Y la hija de Faraón descendió a lavarse al río, y paseándose sus doncellas por la ribera del río, vio ella la arquilla en el carrizal, y envió una criada suya a que la tomase. Y cuando la abrió, vio al niño; y he aquí que el niño lloraba. Y teniendo compasión de él, dijo: De los niños de los hebreos es éste. Entonces su hermana dijo a la hija de Faraón: ¿Iré a llamarte una nodriza de las hebreas, para que te críe este niño? Y la hija de Faraón respondió: Ve. Entonces fue la doncella, y llamó a la madre del niño, a la cual dijo la hija de Faraón: Lleva a este niño y críamelo, y yo te lo pagaré. Y la mujer tomó al niño y lo crió. Y cuando el niño creció, ella lo trajo a la hija de Faraón, la cual lo prohijó, y le puso por nombre Moisés, diciendo: Porque de las aguas lo saqué” (Éxodo 2:1-10).

Así se presenta el comienzo de la historia de Moisés. Luego sus padres pasan a segundo término, y no oímos más de ellos en este relato. En su discurso ante el concilio, Esteban resumió esta historia diciendo: “En aquel mismo tiempo nació Moisés, y fue agradable a Dios; y fue criado tres meses en casa de su padre. Pero siendo expuesto a la muerte, la hija de Faraón le recogió y le crió como a hijo suyo” (Hechos 7:20-21). Hebreos 11:23 dice de él: “Por la fe Moisés, cuando nació, fue escondido por sus padres por tres meses, porque le vieron niño hermoso, y no temieron el decreto del rey”.

Son pocos los detalles que se dan de los padres de Moisés; pero todos son de gran importancia y dignos de ser examinados atentamente.

Amram y Jocabed (Éxodo 6:20) estaban unidos en la fe en Dios. He aquí la base fundamental de un buen matrimonio. Eran un hombre y una mujer de oración, quienes, en sus decisiones, se dejaban conducir por Dios y por su palabra. Amram, levita, se había casado con una hija de Leví: era una esposa dada por Dios, la que le correspondía, como después se confirmó.

A fin de que un joven encuentre la mujer que le conviene, es necesario que se mantenga en la dependencia del Señor por medio de la oración. Es indispensable esperar la dirección de Dios. Tengo la impresión de que, en esta esfera de acción más que en cualquiera otra, se toman a menudo los deseos por las realidades. Se cree gustosamente que Dios lo ha dirigido todo, mientras que se sigue la propia voluntad.

Conocí a un joven que se interesó por una muchacha y la pidió por esposa. Ella no reaccionó como él esperaba y pidió tiempo para reflexionar y orar para saber si era la voluntad de Dios para ella. Se mantuvo en esta actitud, aunque el joven continuó presionándola, porque, aseguraba, estaba perfectamente claro que el Señor los había conducido a encontrarse y los había destinado el uno para el otro. Tres meses más tarde, se enlazaba con otra muchacha.

El sabio rey Salomón dijo: “Mujer virtuosa, ¿quién la hallará?” (Proverbios 31:10). Y en el versículo 30: “Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová, ésa será alabada”. Afirmar que tenemos la certeza de ser conducidos el uno hacia el otro por la mano de Dios no debe ser una expresión sin sentido.

Amram y Jocabed mostraron una verdadera unidad en la fe atravesando grandes pruebas: “En aquel mismo tiempo nació Moisés” (Hechos 7:20). Sus padres conocían la orden de Faraón: Todos los niños varones debían ser echados al Nilo. Entonces, ¿era el momento de arriesgarse para traer al mundo un hijo? Además, ya tenían dos hijos, una hija y un hijo de algunos años más. ¿No les bastaba?

En nuestros días, hacen falta menos argumentos de esta importancia para que los padres consideren que la familia está completa. Ya en tiempo de Amram, se sabía cómo evitar un embarazo. Sin embargo, estos padres aceptaron por la fe la llegada de un nuevo hijo como una bendición. ¡Y qué bendición! Moisés fue el hombre que debía hacer salir al pueblo de la cautividad y conducirlo al país prometido. “Por la fe Moisés, cuando nació, fue escondido por sus padres por tres meses” (Hebreos 11:23). Éxodo 2 nos relata lo que después hizo la madre con la ayuda de su hija. En este pasaje no se menciona el padre. Pero en la epístola a los Hebreos se habla de la fe de los padres.

En la familia de Isaac y de Rebeca, desgraciadamente se puede comprobar que tenían apreciaciones diferentes en cuanto a la educación de los hijos y que cada uno obraba según su propia idea. Las consecuencias no dejaron de hacerse sentir, para ellos y para sus hijos.

Temo que ese mal exista demasiado en nuestros días. Muchos niños saben que tienen un padre y una madre, pero no aprenden que tienen padres. No ven a su padre y a su madre íntimamente enlazados el uno al otro con amor y formando una unidad. Si esta relación no existe, los hijos lo perciben. El ojo de un niño ve muy claramente y su corazón discierne muy bien la situación. Los pequeños son muy hábiles para explotarla y conseguir sus fines. A veces, tratan de poner a su padre de su lado, y en otras circunstancias se dirigen a su madre. Esto llega a ser grave cuando consiguen con éxito transformar un «no» del padre en un «sí» de la madre, o a la inversa. El efecto de ello es desastroso sobre la unidad de la familia y sobre la educación de los hijos. Los hijos no sólo necesitan de un padre y de una madre, ¡les hace falta padres animados por un mismo sentimiento!

Fue una bendición para María, Aarón y Moisés el haber tenido padres muy unidos y haber recibido una buena educación en el temor del Señor. Esto marcó sus vidas.

Es natural que, al comienzo de esta historia, la actividad de la madre aparezca en primer lugar. El padre descubre a menudo que, para ocuparse de un recién nacido, tiene dos «manos izquierdas». Al principio, él deja gustosamente en manos de su mujer el cuidado del niño. Más tarde, tendrá una responsabilidad mayor, ¡si al menos la asume! A pesar de todo, es bueno que incluso el padre aprenda a cambiar al niño y a lavar la vajilla. Esto le permite comprender que su mujer puede a veces estar cansada a causa de todos los cuidados y responsabilidades de la casa, así como él a causa de su actividad profesional.

Jocabed parece haber obrado de una manera totalmente independiente, pero ella lo hizo según el plan que juntos habían establecido en la obediencia de su fe ante Dios. Los padres incluyeron de manera evidente a su hija María en su plan. Debían poner al niño en el Nilo bajo la mayor protección posible. Sin embargo, podemos pensar que esos tres (Aarón era aún demasiado pequeño) se pusieron de acuerdo y se arrodillaron juntos para suplicar a Dios que diera una salida favorable.

Gracias a la intervención de Dios, los padres tuvieron la posibilidad de volver a traer al niño a casa. Jocabed pudo amamantar a su hijo. Pero estamos persuadidos de que ella aprovechó esos años, no solamente para alimentarlo, sino también para educarlo en “el temor de Jehová”, como lo dice la Escritura.

No sabemos cuánto tiempo se quedó con ella. La Biblia sólo dice: “Cuando el niño creció, ella lo trajo a la hija de Faraón” (Éxodo 2:10). Su madre con seguridad había prolongado y aprovechado este tiempo de la mejor manera posible.

En uno de sus libros, el profesor Waterink relataba una conversación que tuvo lugar entre varias madres con respecto a la educación de sus hijos y a las influencias que se ejercían sobre ellos. De repente, una madre joven gritó: «¡Qué tiempo terriblemente corto tenemos para educar a nuestros hijos!» Ese grito produjo risas. Pero Waterink continuó así: «Antes desearía que todas las madres estuviesen profundamente conscientes del poco tiempo que tienen para educar a sus hijos».

Tenía razón. Desgraciadamente, muchos padres no tienen ninguna idea de las influencias a las cuales sus hijos están expuestos. ¿Sabemos por lo menos las lecturas que caen en sus manos? Por eso, es de mucha importancia que aprendan a resistir a las malas influencias por medio de una sana educación bíblica dada en el hogar, la cual obrará como antídoto.

La palabra de Salomón, en Proverbios 22:6, conserva aún todo su valor: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”. Esta lección halló su confirmación en la vida de Moisés. La instrucción recibida “en toda la sabiduría de los egipcios” (Hechos 7:22) no ejerció ningún poder sobre él. Me atrevo a poner en duda que haya sacado alguna ayuda para el cumplimiento de la obra que Dios le confió. Algunos piensan que sí, que Moisés, en sus ordenanzas, sacó mucho provecho de la sabiduría de los egipcios. Sin embargo, está claramente dicho que Moisés dispuso el tabernáculo y todos sus utensilios únicamente según el modelo que Dios le había mostrado en el monte.

Las leyes de hoy en día concernientes a la alimentación y a la higiene sobrepasan con mucho a aquellas que se pueden encontrar en los antiguos relatos de Egipto, frecuentemente llenos de insensatez. No obstante, los médicos de nuestro tiempo reconocen su alto valor. Por ejemplo, Moisés prescribió ejecutar la circuncisión el octavo día. Ahora bien, se ha descubierto que es precisamente ése el día en que la pérdida de sangre es menor. Esta sabiduría, Moisés tampoco la aprendió de los egipcios. Era la sabiduría de lo alto, la inspiración del Espíritu Santo. Claro que no pretendo decir con esto que un buen colegio, una formación especializada o una universidad no tengan valor. No corresponde que alguien que se dedicó a la enseñanza afirme tal cosa.

En Hebreos 11:24-26 leemos: “Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón”.

Nada se nos dice de la edad en que Moisés tomó esta decisión. La educación que había recibido en el hogar paterno, sin duda influyó en esta elección. Su vida en Egipto y la posición que ocupaba debieron de haber sido una tentación para este joven. Para resistir con la fuerza necesaria, no bastaba con la solidez de una buena educación recibida en el hogar. Era menester tomar una decisión personal y hacer la elección de la fe. Es lo que deben considerar tanto los padres como los hijos que crecen en madurez. La mayor parte de las conversiones y de las elecciones de la fe tienen lugar antes de los veinte años. Más tarde, la experiencia muestra que se hace más difícil entregarse al Señor y romper con el pecado. Los padres de Moisés ciertamente fueron testigos de la transformación interior que éste experimentó.

Un poeta dijo: «El talento se forma en secreto, y el carácter, en la vida cotidiana». Los rasgos de carácter que Moisés manifestó en el momento de su primer acto público en Egipto (Éxodo 2:11-15) no eran apropiados para el servicio al cual estaba destinado. Se equivocó, no en cuanto a su vocación, sino en cuanto al momento de ponerla en práctica. Primero, Dios debía llevarlo aparte, a Madián. Ahí, al lado de las ovejas, aprendió lo que toda la sabiduría de los egipcios no pudo ni habría podido inculcarle: la paciencia y la mansedumbre, condiciones indispensables para conducir a un pueblo tan numeroso, tan difícil, por ese grande y terrible desierto. Eso lo aprendió durante un segundo período que duró cuarenta años. No vemos que Moisés haya tenido contacto con su pueblo durante esos cuarenta años en Madián. Pero Dios, durante todo ese tiempo, no lo había perdido de vista. Cuando juzgó que el momento había llegado, se apareció a Moisés en una zarza ardiente y le dijo: “Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias… Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel” (Éxodo 3:7, 10).

Como Moisés ya no tenía más el sentimiento de estar a la altura de esa tarea, Dios lo tranquilizó: “Ve, porque yo estaré contigo” (v. 12). Esta promesa debería haber sido suficiente, pero Moisés aún puso objeciones —cinco en total—. Lleno de paciencia y de gracia, Dios proveyó a todos sus temores. Finalmente, cuando Moisés pidió ser dispensado de esa obra, Dios le prometió que le enviaría a su hermano Aarón para auxiliarlo y hablar por él.

Entonces Moisés, con su esposa y sus hijos, volvió a Egipto para cumplir su misión y liberar al pueblo. Cuarenta años antes, había intentado hacerlo sin haber recibido la orden de Dios, y con sus propias fuerzas; fue un fracaso. No había podido soportar la actitud repulsiva de su pueblo, había temido la ira de Faraón y había huido a Madián. Después de estos cuarenta años, estaba en condiciones de asumir la decepcionante reacción del pueblo y no temía “la ira del rey; porque se sostuvo como viendo al Invisible” (Hebreos 11:27). Todo eso fue por medio de la fe en Aquel que lo había llamado y enviado.

Números 12:3 nos muestra que “aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra”. ¿Quién hubiera pensado tal cosa después de su primera aparición pública, cuando, bajo el impulso de la ira, mató al egipcio? Es una lección para nosotros: Un creyente jamás debe alegar excusas bajo pretexto de su mal carácter, de su vivacidad, etc.

La Biblia nos enseña que podemos controlar todos los defectos de la vieja naturaleza por medio del poder del Espíritu Santo. Sin embargo, que nadie vaya a pensar que la vieja naturaleza puede ser mejorada y que su carácter pueda llegar a ser más noble. Moisés, a pesar del magnífico testimonio de Números 12, no es una excepción. Cerca del fin del viaje a través del desierto, se dejó llevar a la irritación por el pueblo rebelde. En lugar de hablar a la peña, como Dios le había mandado, la golpeó dos veces. Claro, por medio de la gracia de Dios, brotó el agua, pero, como castigo a su desobediencia, Moisés perdió el privilegio de introducir personalmente al pueblo en la tierra prometida (Números 20:7-13).

Su hermano Aarón, quien compartía su culpabilidad, debió soportar el mismo castigo. Se habla de Aarón por primera vez en Éxodo 4:14. La obra de los dos hermanos por el pueblo está resumida en Éxodo 6:26-27.

Además, está también María, la hija mayor. Ella también salió de Egipto. En la orilla del mar Rojo, con un pandero, cantó un cántico con todas las mujeres: “Cantad a Jehová, porque en extremo se ha engrandecido” (15:20-21).

Como profetisa, ciertamente debió de haber desempeñado un papel importante en medio del pueblo. Sin embargo, como sus hermanos, no estaba exenta de debilidad. Movida por la envidia, arrastró a Aarón a rebelarse contra la autoridad de Moisés, y fue golpeada con lepra como castigo. Pero Moisés se mostró presto a perdonar. Hizo esta breve oración: “Te ruego, oh Dios, que la sanes ahora”. Su petición le fue otorgada. Después de una semana de exclusión fuera del campamento, pudo reintegrarla y volver a ocupar su lugar en medio del pueblo (Números 12).

He aquí, brevemente, lo que se nos dice de los tres hijos de Amram y Jocabed. ¡Qué bendito lugar han ocupado en medio del pueblo! ¡Si sus padres hubieran podido ver todo eso!

Sin embargo, también a ellos se aplica el versículo: “Descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen” (Apocalipsis 14:13). Podemos considerar el ejemplo de esa pareja fiel, la cual, en circunstancias tan difíciles, crió a los hijos que Dios les había dado para Su gloria.

Preguntas de la 9ª parte

  1. ¿Qué lección podemos aprender de Amram y Jocabed en cuanto a la planificación familiar?
  2. ¿Cómo debemos proceder como padre, como madre y como padres?
  3. ¿Qué se puede notar en cuanto a la influencia que los hijos tienen los unos sobre los otros?
  4. ¿Qué decisión correcta tomó Moisés y qué error cometió después?
  5. ¿Qué objeciones puso Moisés cuando Dios le llamó para su misión, y de qué manera Dios le animó?
  6. ¿En qué situaciones Aarón y María fueron un apoyo para Moisés, y en qué otras le causaron problemas?

10. MANOA Y SU FAMILIA

(Jueces 13)

La familia que se trata aquí se hallaba compuesta de tres personas: el padre, la madre y un hijo. Jueces 13 nos enseña que esta pareja no tenía hijos, porque la mujer, cuyo nombre es omitido, era estéril.

El Señor mismo se le apareció a esta mujer, bajo la apariencia del “ángel de Jehová”, como a menudo se lo designaba antes de haber sido “manifestado en carne”. Sus palabras demuestran que conocía perfectamente la situación de esta mujer. Le prometió que tendría un hijo, y que éste sería nazareo para Dios. Números 6 contiene toda la ley del nazareo. Aquí se mencionan algunos rasgos: no cortarse los cabellos, no beber vino ni cidra y no comer cosa inmunda (Jueces 13:5-7).

Cuando la mujer relataba estas palabras a su marido, Manoa pidió que el hombre volviera de nuevo a ellos; no por falta de fe, pues su oración probó lo contrario. Él suplicó: “Ah, Señor mío, yo te ruego que aquel varón de Dios que enviaste, vuelva ahora a venir a nosotros, y nos enseñe lo que hayamos de hacer con el niño que ha de nacer” (13:8).

Ya hemos escrito acerca de la necesidad de prepararse para ser padres por medio de la oración, algo que quizá a veces los padres cristianos descuiden demasiado. No obstante, ¿cómo se podría cumplir la misión de criar hijos sin la sabiduría de arriba? La oración de Manoa le fue concedida. Tuvo la oportunidad de hacer sus preguntas. A éstas, cosa muy notable, el Ángel respondió diciendo sólo cuál debía ser la conducta de la futura madre.

Estoy cada vez más convencido de que el secreto de la educación de los hijos depende en primer lugar del comportamiento de los padres. Hay que prepararse por adelantado. El control de sí mismo no es propio de la naturaleza habitual de la mujer, y menos aún de la del hombre. Al principio, aun antes del nacimiento, es la madre la que tiene la principal función. Lleva al niño en su seno y lo trae al mundo. Luego, lo alimenta y lo cuida. Es ella la que primeramente ejerce su influencia sobre el niño, física y moralmente. Por eso la mujer debe prepararse para ser madre. A menudo, las futuras madres reciben una abundancia de consejos más o menos juiciosos. Sin embargo, se puede aprender mucho de lo que el Ángel dijo a Manoa. Es evidente que la consumición exagerada de alcohol, el tabaco, los narcóticos, son nocivos para el niño antes del nacimiento, y también después. Pero de manera general, una autodisciplina es indispensable, y lo es igualmente para el esposo, si se desea que la educación de los hijos tenga resultados felices.

Es absolutamente imprescindible que los padres cristianos pidan por medio de la oración la sabiduría que necesitan para criar a sus hijos. Una pareja joven, muy conocida para nosotros, tenía una hermosa niña de unos tres años. Una noche, a la hora de ir a la cama, se le pidió como de costumbre que diera un beso y dijera buenas noches, pero la respuesta fue un categórico «no». A pesar de la insistencia del padre, siempre era «¡no!». Un cachete no produjo ningún cambio. Ir al «rincón» no tuvo mejor resultado que lo precedente. El obstinado «¡no!» sonaba cada vez más claro en aquella pequeña boca. Entonces, el padre la llevó a otra habitación y cerró la puerta. Descorazonados, los padres estaban sentados uno al lado del otro.

Los padres que han tenido varios hijos conocen este difícil período de los «¡no!» de los pequeños, y aprenden poco a poco la mejor manera de reaccionar. Para estos padres, era una nueva y penosa experiencia. La madre empezó a llorar. En su opinión, su marido debía ceder y terminar. Pero él no podía aceptar que la voluntad de la niña fuese más fuerte que la suya. Habían llegado casi a una disputa. Entonces, se pusieron de rodillas e imploraron la sabiduría del Señor. Luego, el padre abrió la puerta y dijo amablemente a la niña: «Ven, Ana». Con viveza, la pequeña entró y dijo: «¡Buenas noches papá, buenas noches mamá!» Dio un beso y, satisfecha, se fue a la cama. Pienso que el cambio de tono en la voz severa del padre (no obstante aquí, sin duda alguna, se trata de la respuesta a la oración) quebró su resistencia.

Sobre un cuadro en una pared, leí una vez estas palabras: «La oración lo cambia todo». Éste no es un texto de la Escritura, y, sin embargo, estas palabras dicen la verdad. Con frecuencia, el cambio se produce primero en el corazón de aquel que ora, como en el ejemplo que acabamos de ver. Si todos los padres estuviesen conscientes de la importancia de la oración por sus hijos, y a veces también con sus hijos, pienso que eso les enseñaría a ejercer de buena manera la autoridad que Dios les ha dado. Y ¿qué ocurre cuando los hijos se hacen mayores, llegan ha ser independientes y dejan el hogar? La oración de los padres continúa y a menudo aun se intensifica. ¿Y cuándo aparecen lo que llamamos conflictos de generaciones y las opiniones se enfrentan? Por eso también, ¡hay que orar más que nunca!

Ya he dicho que el secreto de la educación es ante todo una cuestión de ejemplo y de disciplina personal.

Quizá conozcan la anécdota de ese niño que recibía las reprimendas de su padre: «Cuando tenía tu edad, yo era mucho mejor que tú.» A continuación seguía la enumeración de toda clase de virtudes. «¿Podrás tú también decir lo mismo a tus hijos más tarde?». El niño respondió: «¡Oh, seguramente! Pero no sé si llegaré a hacerlo con el mismo aire de inocencia que tú». Era una respuesta impertinente; pocos hijos responderían así. Sin embargo, es muy cierto que el ojo de un niño ve y que su oído graba mucho más de lo que pensamos. No podemos esperar que las exhortaciones den grandes resultados si ellas no cuentan para uno mismo.

Pablo escribió a los filipenses: “Lo que aprendisteis y recibisteis y oísteis y visteis en mí, esto haced” (4:9). ¡He aquí una importante lección para los educadores!

A propósito de las relaciones entre marido y mujer en esta pareja, también podemos notar un rasgo interesante. Cuando mostraron su agradecimiento ofreciendo un holocausto, vieron un milagro. El Ángel de Jehová subió en la llama del altar. Manoa tuvo miedo y temió morir. Pero su mujer le respondió: “Si Jehová nos quisiera matar, no aceptaría de nuestras manos el holocausto y la ofrenda” (Jueces 13:23). Aquí, la mujer mostró un discernimiento espiritual y una fe mayores a los de su marido. Si físicamente el esposo es con frecuencia más fuerte que su esposa, espiritualmente no es siempre así; incluso no es raro que sea a la inversa.

El día de nuestra boda, un hermano tomó un ejemplo de la naturaleza, para ilustrar la relación ideal en el matrimonio. Comparó al marido con un roble, y a la mujer con un pie de yedra agarrándose a él. Esta imagen me gustó. Yo quería ser ese roble robusto, inquebrantable. Y la amable joven sentada a mi lado, que desde algunas horas antes era mi mujer ¿no era maravilloso que a partir de entonces ella viviera siempre cerca de mí, encontrando en mí fuerza y sostén? Pero muy pronto nos dimos cuenta de que esta imagen no era apropiada. Hice el penoso descubrimiento de que yo no era el robusto roble que me hubiera gustado ser. Yo no era siempre el más fuerte en todas las circunstancias de la vida del hogar. Y mi mujer no era la amable yedra dependiente de mí. Ella mostraba que tenía dos piernas sobre las cuales podía perfectamente mantenerse en pie.

Estoy agradecido de que esta ilustración no muestre en absoluto la realidad de la relación. Para el roble, ¿cuál es la utilidad de una enredadera, por bonita y decorativa que fuere? ¡No le es de ninguna ayuda para resistir a las tempestades del otoño! Aunque bella, no es otra cosa que un parásito.

Además, tal relación no era el propósito de Dios cuando le dio a Eva a Adán. Y no es su designio cuando une marido y mujer para andar juntos durante la vida. El matrimonio es mucho más bello, y tiene un significado mayor que el contenido de esta imagen. En la Escritura, encontramos suficientes ejemplos en los cuales el más fuerte espiritualmente es unas veces el esposo y otras veces la esposa. ¿Qué pareja no ha hecho todavía la experiencia de situaciones en las cuales, unas veces es el marido quien tiene más discernimiento y en otras circunstancias lo es la mujer? Incluso en las grandes pruebas, cada uno a su vez manifiesta más fuerza para mantenerse firme.

No sabemos si esa pareja tuvo otros hijos más tarde. Las Escrituras no lo dicen. Pero ese hijo, Sansón, causó más tarde muchos problemas a sus padres. A él le dedicaré un capítulo aparte.

Preguntas de la parte 10

  1. Para Manoa y su esposa ¿qué significaba la oración y la preparación para ser padres? ¿Qué podemos aprender de esto?
  2. ¿En qué sentido la esposa mostraba mejor entendimiento que el esposo?
  3. Busque más de estos ejemplos en la Biblia.
  4. Busque también ejemplos que muestren lo contrario.