16. EL HOGAR EN BETANIA
(Mateo 26; Marcos 14; Lucas 10; Juan 11 y 12)
Al leer el título de este estudio, cualquiera que conoce la Biblia pensará inmediatamente en Marta, María y Lázaro. También se puede añadir a Simón llamado “el leproso”. En Mateo 26:6-7 y en Marcos 14:3 se puede ver que María ungió a Jesús en la casa de Simón, aunque después no se mencione más su nombre. En Lucas 10:38 leemos que Marta recibió a Jesús en su casa; allí nada leemos de Simón, tampoco en Juan 12. Quizás Simón era el esposo de Marta, lo que explicaría el asunto. Puede que haya sido curado de su lepra por el Señor Jesús, aunque no encontremos en la Biblia suficiente información. En este estudio nos limitaremos a las personas principales, Marta, María y Lázaro, y a lo que leemos referente a ellas en Mateo 26:6-13, Marcos 14:3-9, Lucas 10:38-42, Juan 11 y 12:1-11.
Aquí no tenemos un hogar formado por padres e hijos. Sin embargo, vale la pena estudiarlo a causa de las relaciones que tenían entre sí, y por el lugar central que ocupaba el Señor Jesús en su casa.
Era un hogar muy hospitalario, donde al Señor le agradaba quedarse, especialmente en la última semana antes de su muerte. Después de su entrada en Jerusalén, conversaba diariamente con los judíos. Al mismo tiempo se manifestó un creciente odio de parte de los líderes, el cual se incrementó hasta rechazar públicamente al Señor y crucificarlo. Pero para Él esta casa de Betania era como un santuario donde podía retirarse, siendo el objeto del afecto y de los cuidados de todos los miembros de este hogar. Ello puede servirnos de modelo acerca de la hospitalidad. Ellos mismos recibieron una gran bendición por este medio. «Donde entra Jesús, allí bendice».
Si bien hoy en día no podemos recibir al Señor físicamente en nuestra casa, sí podemos recibir a los suyos como a Él mismo. El Señor dijo: “El que recibe a un profeta... recompensa de profeta recibirá” (Mateo 10:41) y “el que reciba en mi nombre a un niño como éste, me recibe a mí” (Marcos 9:37). En Hechos 28:7-10 leemos que Publio recibió y hospedó solícitamente al prisionero Pablo y a sus compañeros. Fue grandemente recompensado.
Los obispos (supervisores) deben ser hospedadores (1 Timoteo 3:2; Tito 1:8). Además, todos los creyentes son exhortados a la hospitalidad. En Hebreos 13:2 leemos: “No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”. Las relaciones con otros creyentes y las conversaciones acerca del Señor y su Palabra pueden ser una gran bendición para los hijos.
Muchos adultos recuerdan cuánto se gozaron de niños escuchando las conversaciones de creyentes en su casa, y cuánto aprendieron de éstas. Es importante que los padres siempre tengan presente que el Señor es el oidor silencioso de todas las conversaciones. Pues ocurre que los jóvenes sufren daños espiritualmente a causa de las malas conversaciones. El mismo Señor dijo cuán grave es hacer tropezar a uno de estos pequeños que creen en él (Marcos 9:42).
En Lucas 10 encontramos por primera vez a la familia de Betania. Marta recibió al Señor Jesús con sus discípulos en su casa. Ya se nota la gran diferencia entre ella y su hermana. A Marta le ocasionó mucho trabajo el hecho de tener que cuidar de tantos huéspedes. Se dedicó de lleno a esta tarea. María aprovechó esta oportunidad de sentarse a los pies del Señor para escuchar Su palabra. Marta también se paró unas veces allí, pero estaba demasiado ocupada y tensa para escuchar detenidamente Sus palabras. Se irritó por la conducta de su hermana, y llegó hasta reprochar a Jesús: “Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada” (v. 40-42).
En estas dos hermanas vemos a dos clases de creyentes. Los primeros ven sobre todo el trabajo que hacer. Se dejan llevar de una actividad a otra; constantemente están haciendo cosas. Estas personas se vuelven preocupadas y tensas. Corren el riesgo de perder su equilibrio espiritual y de proferir críticas hacia creyentes que tienen otras disposiciones, como las de María. Estos últimos saben tomar el tiempo para orar y estudiar la Biblia a fin de llegar a conocer mejor a Jesús. En consecuencia, su amor por Él siempre va en aumento, y aprenden a servirlo mejor y con más dedicación.
Frecuentemente se interpretan con demasiada severidad las palabras del Señor a Marta. No la reprendió a causa de todo su servicio; lo agradeció y lo apreció. Seguramente no le hubiera hablado de esta manera si el hecho no merecía que se le expresaran estos reproches. De las palabras “solo una cosa es necesaria”, algunos han deducido que a Marta le faltaba la única cosa necesaria, a saber, la fe en Jesucristo. A partir de otros versículos resulta muy claro que Marta era una creyente que amaba al Señor de todo corazón y que hallaba su gozo en servirlo. Lo que le faltaba era el deseo de María de escuchar Sus palabras y así aprender a conocerlo mejor. María tenía más conocimiento de Su persona y de Su obra; por eso pudo más tarde servirlo de una manera que tenía más valor para Él que cualquier otro servicio. Quizás tengamos la tendencia de poner a Marta en oposición a María y de escoger a una de las dos. Al contrario, ¡de ambas podemos aprender mucho!
Visitando una familia, me encontré una vez con un joven creyente, inteligente, el que seguía una buena carrera. Le pregunté si tenía tiempo para estudiar la Biblia. No lo tenía. Por cierto, había muchos libros de estudios bíblicos en su casa, y los había hojeado de vez en cuando, pero los encontraba demasiado pesados para estudiarlos. Además, no le parecía necesario, ya que nunca predicaría. Le llamé la atención sobre 1 Corintios 14:29: “Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen”. Nunca se vería en condiciones de “juzgar” sin suficiente conocimiento de la Palabra. Más aún, se privaba del gozo de un tiempo regular de oración y de meditación de la Palabra, con el crecimiento espiritual resultante. Tampoco se preparaba para cumplir, quizás más tarde, su responsabilidad de esposo y padre en su propio hogar. Estas personas bien pueden demostrar las actividades de una Marta, pero nunca llegan a la profundidad espiritual de una María. Se dice que Lutero comentó que cuanto más tenía que hacer, necesitaba el mayor tiempo posible para orar. El que tiene esta actitud será guardado de excesos y de inestabilidad espiritual.
En Juan 11 hallamos otra visita del Señor a este hogar. Las dos hermanas estaban afligidas: su querido hermano Lázaro estaba gravemente enfermo. Las casas de creyentes no son inmunes a las enfermedades o a la muerte.
El sufrimiento y la tristeza unieron los corazones de Marta y de María. ¡Ojalá hubiera estado allí su gran Amigo Jesús! Pero estaba lejos, del otro lado del Jordán. Le enviaron un mensaje, breve y claro: “Señor, he aquí el que amas está enfermo”. No hablaron del amor de Lázaro; apelaron a los sentimientos del Señor, que bien conocían. Sin embargo, el Señor esperó dos días antes de ir a ellas. Esto era una prueba muy dura para las hermanas. El Señor tenía un propósito al actuar así, como lo tiene también con nosotros en tales circunstancias. Él viene a ayudarnos en su tiempo y a su manera.
En el camino, Él, el Todopoderoso, anunció a sus discípulos: “Nuestro amigo Lázaro duerme; mas voy para despertarle”. Los discípulos pensaron que ya el peligroso viaje a Judea era innecesario. Si Lázaro estaba durmiendo, seguramente que se aliviaría. No habían entendido que el Señor no habló del descanso del sueño, sino de la muerte de Lázaro. Este error era comprensible. Se nota que los discípulos consideraron este viaje muy peligroso, porque Tomás dijo: “Vamos también nosotros, para que muramos con él”. Al mismo tiempo, éste mostró su gran amor hacia el Maestro.
La noticia de la venida del Señor llegó a las hermanas antes de Su llegada a Betania. Otra vez se vio la gran diferencia entre Marta y María. Marta, impulsiva y activa, no pudo esperar su venida, sino que corrió a su encuentro. María quedó tranquila en la casa con todos los amigos que habían venido de Jerusalén para consolarlas. Marta le dijo: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Mostró su fe en él por las palabras que siguieron: “mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará”. La conversación que sigue muestra que ella no entendió bien al Señor. ¿Era el resultado de que, antes, había escuchado al Señor demasiado superficialmente? Se fue para llamar a su hermana y le dijo: “El Maestro está aquí y te llama”. Juntas con todos los amigos se fueron al lugar donde el Señor estaba esperándolas.
María se postró a los pies del Señor. Allí, donde antes había recibido preciosas enseñanzas, buscó y encontró el consuelo. Llorando, demostró su tristeza, y el Señor Jesús mostró su simpatía, llorando con ella. Pero Él hizo más. Se dejó llevar al sepulcro de Lázaro y mandó que quitasen la piedra del sepulcro. Marta objetó: “Señor, hiede ya, porque es de cuatro días”. Jesús respondió: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces clamó con gran voz: “¡Lázaro, ven fuera!” Lázaro salió, y después de que le desataron las vendas, lo dejaron ir.
En 1 Tesalonicenses 4:16-18 leemos: “El Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras”. En verdad, con estas palabras podemos consolarnos los unos a los otros cuando estemos ante el sepulcro de un creyente amado. El Señor Jesús le dijo a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25). Espiritualmente, todos los creyentes ya han muerto y resucitado con Él, y pueden decir: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). “Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (Colosenses 3:3-4).
¡Qué expresiones maravillosas! La muerte no tiene la última palabra. Nosotros también nos ponemos tristes cuando mueren nuestros seres queridos, porque sentimos su ausencia con gran tristeza. Sin embargo, el apóstol Pablo nos escribe que no estemos tan tristes como los otros que no tienen esperanza (1 Tesalonicenses 4:13), que viven sin Cristo y mueren en sus pecados. Un día, ellos también resucitarán para ser juzgados ante el gran trono blanco. En aquel día, Él no será más el Salvador, sino el Juez (Apocalipsis 20:11-15). ¡Qué terrible pertenecer a estos últimos, para quienes estas palabras de consuelo no tienen ningún significado, y que andan sin esperanza! Si alguien, anciano o joven, vive así, todavía tiene la oportunidad de confesar sus pecados y creer en Jesucristo. Quien llega a conocerle como su Salvador, no tiene que considerarlo como juez.
En Juan 12:1-8 leemos por última vez sobre el hogar de Betania: “Seis días antes de la pascua, vino Jesús a Betania, donde estaba Lázaro, el que había estado muerto, y a quien había resucitado de los muertos. Y le hicieron allí una cena; Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa con él. Entonces María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se lleno del olor del perfume. Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote hijo de Simón, el que le había de entregar: ¿Por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios, y dado a los pobres? Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía de lo que se echaba en ella. Entonces Jesús dijo: Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto. Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, mas a mí no siempre me tendréis”.
En esta circunstancia se mencionan los nombres de los tres miembros de esta familia. Lázaro, el que había muerto, y a quien Jesús había resucitado, era uno de los que estaban a la mesa con Él. Aquí también leemos que ni siquiera una sola palabra salió de su boca. Era un testigo silencioso que dio testimonio por el simple hecho de que vivía: una prueba indiscutible de que Jesús había hecho un milagro con él. Por eso muchos de los judíos creyeron en él; y por eso los principales sacerdotes lo odiaban y querían matarlo (Juan 12:9-11).
De Marta leemos que otra vez estaba sirviendo, pero ahora lo hacía silenciosamente, sin criticar. María ungió al Señor con un perfume muy costoso. Escuchando al Señor con mucha atención, había adquirido mayor entendimiento de Su persona y de Su obra que los mismos discípulos. Por eso, no entendieron lo que ella hizo, y aun la criticaron (Mateo 26:6-13). En Juan 12, Judas expresó el pensamiento del conjunto de los discípulos. Él, un ladrón, ya había calculado el precio de este perfume: trescientos denarios, el sueldo de trescientos días de trabajo de un jornalero, es decir, de casi un año. ¡Y María «malgastó» esta suma de dinero en un solo momento!
Pobre María. Primeramente su hermana la criticó, y luego, uno de los discípulos. Pero el Señor expresó su aprobación y apreció la actitud de su comportamiento. Para ella, era suficiente. Nosotros también podemos vivir experiencias como las de María. Es desagradable cuando nuestras buenas intenciones no son entendidas y nuestros hechos son mal juzgados. Pero tenemos que aprender a poner esto en las manos del Señor.
Preguntas de la parte 16
- ¿Por qué le agradaba al Señor estar en el hogar de Betania?
- ¿Qué vemos de sus relaciones entre sí, y con el Señor?
- ¿Qué podemos aprender de la actitud de cada uno de ellos?
- ¿Por qué la lectura personal de la Escritura es necesaria para cada creyente y qué resulta de esto?
- ¿Qué dijo el Señor Jesús sobre la resurrección?
- Busque otros versículos que hablen de la resurrección.
17. ANANÍAS Y SAFIRA
(Hechos 5:1-11)
El libro de los Hechos nos habla de dos parejas: por una parte, de Ananías y Safira, y, por otra, de Aquila y Priscila. No se dice nada si tenían hijos o no. El relato de la primera pareja se encuentra en el capítulo 5:1-11, que cada uno es invitado a leer.
Esto sucedió cuando la Iglesia de Dios empezaba y estaba floreciente. El Señor Jesús había muerto, resucitado y ascendido al cielo. De allí el Espíritu Santo había descendido en el día de Pentecostés para morar en los corazones de todos los que creyeron y formaron la Iglesia. Ésta crecía rápidamente. Los creyentes vivían juntos en armonía y amor. Ninguno sufría escasez. Los ricos vendían sus propiedades para poder ayudar a los pobres. Se ha dicho alguna vez que los primeros cristianos eran comunistas. No es cierto, porque no enseñaron que tener propiedades es pecado, tampoco que «todo lo tuyo es mío», sino que vivían según el siguiente principio: «todo lo mío es tuyo».
Dios el Espíritu Santo moraba en la Iglesia. También moraba en los creyentes individualmente. Sus cuerpos eran templos del Espíritu Santo. Éste era la fuerza y el impulso de sus vidas. Los incrédulos podían verlo y hablaron de esto. Así el nombre de Dios era glorificado. Satanás no estaba contento de esto, sino que, para estorbar la obra de Dios, desencadenó una persecución contra los apóstoles. Pero no logró nada. Entonces trató de tentar a los creyentes a que pecaran. Este relato muestra los resultados.
¿Qué pecado cometió esta pareja? No era robo; tampoco una desobediencia como en el caso de Acán al principio de la historia de Israel en el país de Canaán (véase Josué 7). Ananías y Safira habían visto cómo José (Bernabé) vendió una heredad y trajo la suma de dinero a los apóstoles para distribuirlo entre los pobres. También otros habían hecho lo mismo, y por eso habían recibido aprecio y alabanza. Pero nadie había sido obligado a hacerlo, tampoco Ananías y Safira. Tenían entera libertad para vender su propiedad o para guardarla. También tenían entera libertad de hacer lo que querían con el precio de la venta. Su pecado consistió en que pretendieron entregar todo el dinero, mientras que, en secreto, guardaron una parte para sí mismos. Así pensaban recibir la misma honra de los demás.
Hay casos de pecado en los cuales la iglesia tiene que actuar en disciplina (1 Corintios 5) y otros por los cuales Dios mismo castiga. El propósito en cada caso es que “el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús” (v. 5). Safira tuvo la oportunidad de confesar su pecado, pero persistió en el mal, y fue afligida por el mismo castigo que su esposo. Es bueno notar que, en este caso, no se trata de una disciplina de la iglesia, tampoco de la autoridad apostólica, sino de una intervención directa de Dios. A veces, se dice que Ananías y Safira no eran verdaderamente convertidos. Pero así perderíamos la advertencia y podríamos pensar que no es posible que tal cosa nos sucediera. Sin embargo, el “juicio comienza por la casa de Dios” (1 Pedro 4:17). Es válido también en nuestro tiempo. Esto es algo muy distinto del juicio venidero de los incrédulos.
“Vino gran temor sobre toda la iglesia” (Hechos 5:11). Este sentir nos conviene cuando se trata del pecado de la hipocresía. En Lucas 12, el extenso sermón del Señor Jesús empieza así: “Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Porque nada hay encubierto, que no haya de descubrirse; ni oculto, que no haya de saberse. Por tanto, todo lo que habéis dicho en tinieblas, a la luz se oirá; y lo que habéis hablado al oído en los aposentos, se proclamará en las azoteas” (v. 1-3). Esto dijo el Señor no a los fariseos, sino a sus discípulos. Ellos también estaban expuestos a este mal y podían ser vencidos por él. Y nosotros no somos mejores que ellos. Este capítulo contiene muchas advertencias del Señor, pero primeramente llamó la atención a los discípulos contra este pecado de hipocresía. Este pecado fue el que Satanás introdujo como el primer mal en la iglesia. Y continúa haciéndolo. En Apocalipsis 2:4-5, leemos cómo el Señor juzga a las iglesias: “Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras”. Éstas eran obras hechas por amor al Señor. Tenían valor para Él. Quizás Ananías y Safira habían dado hasta la mitad de sus posesiones. Pero no tiene valor para el Señor si uno lo da por orgullo y ambición, mientras falta el amor. El Señor tiene que comprobar penosamente este mismo pecado en las siete cartas de Apocalipsis 2 y 3. En el último mensaje a Laodicea, escribe: “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo. Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas. Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete” (3:17-19).
Si comparamos las palabras del Señor en Lucas 12:3 con lo que ocurrió en Hechos 5, la correspondencia es particularmente evidente. La gran seriedad con que el Señor advirtió contra el pecado de la hipocresía, la severidad con la cual castigó este pecado en la primera iglesia en Jerusalén, y más tarde, la fuerte reprensión que hizo a la iglesia de Laodicea, nos obliga de tomar este pecado muy en serio. Como esta última iglesia, necesitamos el colirio de Dios para ver bien. La hipocresía nubla nuestra mirada a Él, a nuestros hermanos y a nuestros semejantes.
Estoy convencido de que esta advertencia es de suprema importancia también para el matrimonio y el hogar de creyentes. “Todo lo que habéis dicho en tinieblas, a la luz se oirá; y lo que habéis hablado al oído en los aposentos, se proclamará en las azoteas” (Lucas 12:3). Estas palabras del Señor no podían ser desconocidas a Ananías y Safira. Pero no las tomaron en cuenta. Y la advertencia se cumplió al pie de la letra.
Pobre pareja. Habían recibido tantas bendiciones en la iglesia. Nos los imaginamos en su casa, conversando de José, quien había vendido su herencia, y había traído todo el precio de la venta a los apóstoles para ayudar a tantos pobres. Había recibido de los apóstoles un hermoso sobrenombre: “Bernabé” que significa “Hijo de consolación” (Hechos 4:36). Qué lugar de honor en la iglesia había recibido, estaban pensando Ananías y Safira. Y juntos hicieron sus planes. Ellos también tenían una heredad. ¿Y si hicieran lo mismo que Bernabé? Pero ¿era necesario ofrecer todo el dinero? ¿Si guardasen, por ejemplo, la mitad para sí mismos? Entonces serían considerados con tanta devoción como los que ofrendaron todo. ¿Quién se daría cuenta de que guardaban una parte del dinero para sí mismos? Las paredes de la habitación no tienen oídos. Nadie podría escucharlos. Su secreto nunca sería descubierto. Olvidaron a Aquel que lee en los corazones.
Finalmente hicieron como planearon. ¿No los acusó su conciencia cuando Ananías se despidió de su esposa y fue a los apóstoles con una parte del dinero, después de haber escondido seguramente la otra parte?
A Pedro le fue revelado el secreto. “Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo?” preguntó severamente. Sabía que Satanás era el instigador de todo mal. Así fue con Eva en el huerto de Edén, así siempre ha sido y así será hasta el fin, cuando Dios lo echará en el lago de fuego, preparado para él y sus ángeles. Sin embargo, eso no disculpó a Ananías, como tampoco disculpó a Eva siglos antes. ¡Ojalá hubiera reconocido la voz de Satanás y le hubiera resistido! Pero dejó que los males deseos llenaran su corazón, y que Satanás tomara el lugar que pertenecía solamente al Señor. Ya sabemos cómo fue el fin de Ananías y también de Safira, que persistió en la misma mentira.
¿Qué nos enseña esta historia, a nosotros, parejas de nuestro tiempo? También tenemos deliberaciones en nuestras casas. ¡Es verdaderamente una necesidad! Hablamos sobre la crianza de nuestros hijos, si Dios nos los ha dado, sobre los problemas que acarrea nuestro trabajo, nuestro oficio. ¿Buscamos nuestra propia satisfacción y un lugar de honor? ¿Somos conscientes de que Dios también nos escucha? ¿Le damos lugar, mejor dicho el primer lugar, en nuestras deliberaciones? ¿Nos guía la Escritura en todo lo que hacemos?
El relato de Ananías y Safira nos conduce a preguntarnos: ¿Cómo debemos manejar nuestras posesiones y emplear nuestros ingresos? Ya hemos visto que esto no era ningún problema para los creyentes en el tiempo de Ananías y Safira.
Se ha dicho que esta manera de actuar era falta de sabiduría, ya que tenía por resultado que los creyentes judíos se empobrecieran y que necesitaban que en otra parte se hiciera una colecta para ellos. Sin embargo, actuaron según la palabra del Señor en Lucas 12:33-34, y por eso se hicieron un “tesoro en los cielos que no se agota, dónde ladrón no llega, ni polilla destruye. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”. Si nuestro tesoro está aquí en el mundo, tendrá como resultado indefectible la mundanalidad. Esto puede llevar fácilmente a la avaricia, que según 1 Corintios 5:10-11 y 6:10 es uno de los pecados graves.
Se oye a veces que el dinero es la raíz de todo mal. No es cierto. Con el dinero se puede hacer mucho bien. En 1 Timoteo 6:10 está escrito: “Raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores”. El versículo anterior advierte: “Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición”. Pero también hay creyentes a quienes Dios ha confiado riquezas. A ellos se dirigen los versículos 17 a 19: “A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos. Que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano de la vida eterna”.
Por fin leemos en Hebreos 13:16: “De hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios”.
Según Levítico 27:30, los judíos tenían que dar una décima parte de sus ingresos para el servicio de Dios. Con ésta se mantenía a los Levitas, y ellos tenían que dar la décima parte de lo que recibían a los sacerdotes (Números 18:26). Esto era lo mínimo en cuanto a dar. Por encima de esto estaban las ofrendas voluntarias y las dádivas para los pobres. No encontramos esta ley en el Nuevo Testamento, ya que no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia. Sin embargo, pienso que hemos entendido mal la gracia y sus resultados, si damos menos que el mínimo que daba el pueblo terrenal de Dios.
Quiero todavía mencionar 2 Corintios 8 y 9, dos capítulos que se dedican por completo al acto de dar, sin que se mencione ningún principio legal. Pablo presentó a los creyentes de Corinto el ejemplo de los de Macedonia, en los cuales la gracia de Dios había trabajado de tal modo que, a pesar de su profunda pobreza, abundaron en la riqueza de su generosidad. Hasta habían pedido el privilegio de poder participar en las colectas, y habían dado voluntariamente “conforme a sus fuerzas, y aun más allá de sus fuerzas” (8:3). El secreto era que se habían convertido a Cristo, quien se había entregado a sí mismo por ellos. Entonces, se dieron primeramente al Señor, y luego a los demás. No se preguntaban: «cuánto debo dar», sino «cuánto puedo dar».
En 2 Corintios 9:7 leemos: “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre”. Si el amor de Cristo había tenido un lugar grande en el corazón de Ananías y Safira, no hubieran llegado a esta muerte tan horrible. Y si damos a Cristo el primer lugar en nuestro corazón, Satanás no ejercerá ninguna influencia en nosotros, tampoco hay lugar para esta levadura: la hipocresía de los fariseos. En Mateo 23, el Señor dijo siete veces: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!” y los juzgó por esto.
El Señor comparó sus enseñanzas y sus prácticas con la levadura que, en la Biblia, siempre es una figura del mal. Cuando los israelitas celebraron la Pascua en Egipto, tenían que quitar la levadura de sus casas, pues no debía hallarse en absoluto (Éxodo 12). Pablo exhortó a los creyentes a limpiarse de la vieja levadura: “Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad” (1 Corintios 5:8).
Los fariseos daban con exactitud el diezmo de todo. Pero daban sus limosnas, y oraban larga y públicamente para recibir honor de los hombres a causa de su piedad. Esto era actuar con falsedad y era pecado. ¿Y nosotros? Si examinamos nuestras casas, ¿las encontramos limpias de “levadura”? Claro que tenemos que aplicar esto espiritualmente. ¿Cómo son nuestras relaciones entre esposos? ¿Nos tratamos con integridad y sincero amor o hay también hipocresía? Es parte de nuestra naturaleza mostrarnos ante Dios y los hombres más de lo que somos.
¿En qué ambiente crecen nuestros hijos? ¿Está impregnado de sinceridad y de verdad o de fingimiento? Los hijos lo saben y lo sienten. No son mejores ni peores que nosotros, sino sólo más débiles y vulnerables, y necesitan nuestra guía y nuestro ejemplo.
Acerca de los fariseos, el Señor tuvo que decir: “Todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras” (Mateo 23:3). ¡Ojalá Él no necesite decirnos esto a nosotros, padres! La manera en que los fariseos daban sus diezmos y ofrendas la rechazamos como hipocresía, y con razón, pero esto no tiene que ser un motivo para que no demos nada o para que demos poco. Según el apóstol Pablo, dar es una bendición. Y el Señor dijo: “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20:35). Es una lástima tener que advertir que muchas personas, hasta creyentes, están enteramente satisfechos con la bendición de recibir, y nunca llegan a la bendición de dar. A propósito del asunto de dar, deberíamos también incluir a nuestros hijos.
He visto padres que dan a un niño unas monedas en la mano para que las pongan en una colecta. Yo mismo he hecho esto con mis hijos. A los pequeños les gustó esto. ¿Y por qué no darles este gozo? Pero no debemos pensar que así les estamos enseñando cómo dar. Esto lo aprenderán cuando sean un poco más grandes, al enseñarles cómo manejar de la mejor manera el dinero que les damos o que ganen con algún trabajo. Entonces tendrán que aprender a dar una parte al Señor, quién es el gran Amigo de los niños.
Hace mucho tiempo, un muchacho de la escuela me entregó cierta suma de dinero. Durante varios meses había vendido periódicos en su barrio, y quería dar lo que había ganado para la obra misionera. Me pidió que lo transmitiera, lo que hice gustosamente, estimando felices a los padres a causa de este resultado de su crianza. Un dicho dice: «Lo que se aprende de joven, se hace de viejo».
En Proverbios 3:9-10 leemos: “Honra a Jehová con tus bienes, y con las primicias de todos tus frutos; y serán llenos tus graneros con abundancia, y tus lagares rebosarán de mosto”. Esto es algo totalmente diferente de utilizar sus ingresos para aumentar sus posesiones, lo que parece ser el ideal de muchas personas.
Los israelitas tenían que dar las primicias para Dios. El que recibe un sueldo mensual o semanal, hace bien en apartar algo directamente para el Señor, según haya prosperado y según haya propuesto en su corazón (1 Corintios 16:2; 2 Corintios 9:6-8). Es mucho mejor dar de las primicias que de las sobras.
Preguntas de la parte 17
- ¿Cuál era el pecado de Ananías y Safira?
- ¿Dónde advierte la Biblia contra el pecado de la hipocresía?
- ¿Qué significa el “pecado de muerte”?
- ¿Por qué no es correcto decir que los primeros cristianos eran comunistas?
- ¿Cuáles son los peligros de querer hacerse rico?
- ¿Qué nos enseña la Biblia acerca de dar y ofrendar?
- ¿Cómo podemos enseñar esto a nuestros hijos?
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