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EL ARCO Y LAS FLECHAS

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Las Escrituras nos hablan repetidas veces —especialmente en el Antiguo Testamento— de hombres que sabían manejar el arco y las flechas. El primer arquero mencionado en la Palabra es Ismael. “Dios estaba con el muchacho; y creció, y habitó en el desierto, y fue tirador de arco” (Génesis 21:20).

En tiempos antiguos, el arco era empleado como instrumento de caza y como arma de guerra. Era utilizado tanto por los soldados de infantería como por aquellos que montaban a caballo o en carro. La fabricación de un arco era larga y costosa; además, había que aprender a manejarlo, lo que demandaba mucha fuerza y destreza.

El apóstol Pablo nos dice que “las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios” (2 Corintios 10:4). Tenemos que librar un combate espiritual (Efesios 6:10-20), combatir por la fe (Judas 3). Por eso, nuestras armas son de naturaleza espiritual; no tienen nada en común con las del mundo. La espada —arma muy empleada en el Antiguo Testamento— representa para nosotros la Palabra de Dios, según Efesios 6:17. No encontramos una explicación tan directa concerniente al arco y las flechas, pero es fácil de descubrir el significado espiritual de ellos.

La espada es un arma característica de los combates cuerpo a cuerpo. Ya sea para atacar o para defenderse, una espada puede alcanzar su objetivo sólo si el enemigo se halla cerca, al alcance de ella. Con el arco y las flechas, ocurre justamente lo contrario. Se emplean cuando el enemigo está relativamente lejos. La función de los arqueros, pues, es mantener a los enemigos a distancia, a fin de que los combatientes no lleguen, en lo posible, a la lucha cuerpo a cuerpo.

Aplicación espiritual

Para nosotros, los flecheros evocan a los creyentes a los cuales Dios dio la capacidad especial de poder discernir de lejos los peligros que amenazan a los hijos de Dios y de impedir que se acerquen. Hay toda clase de peligros que se presentan, y es útil poder mantenerlos a distancia antes que causen estragos en el rebaño del Señor.

Por otro lado, no debemos olvidar que hay flecheros de ambos lados. No sólo los hay en el pueblo de Dios, sino también entre los enemigos. Cuando el rey Saúl salió para librar su último combate contra los filisteos, justamente los flecheros del ejército enemigo fueron los que lo alcanzaron y lo hicieron desesperar (1 Samuel 31:3)1. Igualmente, el rey Acab murió por la flecha de un arquero (1 Reyes 22:34). Efesios 6:16 nos habla de los dardos de fuego del maligno contra los cuales tenemos que oponer el escudo de la fe. El enemigo procura perjudicarnos por todos los medios imaginables, ya sea de lejos o de cerca.

José, el arquero

Encontramos una cita notable de los arqueros en la bendición de Jacob para su hijo José: “Le causaron amargura, le asaetearon, y le aborrecieron los arqueros; mas su arco se mantuvo poderoso, y los brazos de sus manos se fortalecieron por las manos del Fuerte de Jacob” (Génesis 49:23-24). Aquí también encontramos arqueros de ambos lados. José había sido hostigado por ellos, pero los resistió. Este hombre de Dios había sido expuesto a numerosos peligros, pero, con la ayuda de Dios, venció esas pruebas de una manera que podemos imitar.

Luego, el mismo José nos es presentado como arquero. Su arco se mantiene poderoso y los brazos de sus manos se fortalecen. Esto nos habla de fuerza y de energía. Para tirar con arco, era necesario tener fuerza, sino no se podía lanzar la flecha al blanco. Pero, ¿cuál es el origen de esa fuerza? “las manos del Fuerte de Jacob”. José no tenía ninguna fuerza en sí mismo; ella venía de Dios. Para poder defendernos, manteniendo al enemigo a distancia, necesitamos fuerza. Sin embargo, la fuerza necesaria no se encuentra jamás en nosotros mismos; está en nuestro Señor, que se complace siempre en dárnosla, si nos confiamos en él solo. La descripción del combate espiritual en Efesios 6 es introducida con estas palabras: “Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza” (v. 10). En la medida que nos confiemos en nosotros mismos, el enemigo ganará ventaja sobre nosotros.

Manejo del arco

El tiro con arco debe aprenderse. Al final de su vida, David se acuerda de que Dios mismo es quien le enseñó. Dice: “Adiestra mis manos para la batalla, de manera que se doble el arco de bronce con mis brazos” (2 Samuel 22:35). Los valientes que habían venido hacia él en Siclag además de estar armados de arcos, sabían utilizarlos (1 Crónicas 12:2). Si no hemos aprendido a reconocer y a manejar el arco, no nos hallamos en condiciones de mantener al enemigo a distancia. No sólo hay que conocer la armadura completa de Dios de Efesios 6, sino también vestirse con ella. El conocimiento del enemigo y de nuestras armas no nos dan la victoria.

Una buena vista y una mano calma

Dos condiciones indispensables para ser un buen arquero eran tener ojos ejercitados y claros, así como una mano calma. Era necesario poder reconocer claramente el enemigo cuando se encontraba lejos. En la aplicación espiritual, los que manejan esta arma deben poseer esta capacidad particular. Precisan ojos espirituales ejercitados, que les permitan discernir los peligros cuando están aún lejos. Luego, les hace falta tranquilidad interior y equilibrio, a fin de poder hacer frente a éstos de manera correcta. Hebreos 5:14 –aunque se trata de otro aspecto– habla de aquellos que, “por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal”. El mismo principio vale para los arqueros. Se trata de discernir entre el bien y el mal, de distinguir los peligros antes que se conviertan en una amenaza grave, y apartarlos.

¿Dónde están hoy los arqueros en el pueblo de Dios? ¿Dónde están los que disciernen los peligros de sus hermanos y hermanas, y que los apartan aun antes de que otros los hayan notado? Sin duda, podemos dar gracias a Dios por darnos hermanos y hermanas que cumplen este servicio. ¡Quiera él formar más de estos siervos para el bien de su pueblo!

Cuando David lamentaba con su endecha la muerte de Saúl, pidió en su oración que este cántico del Arco fuese enseñado a los hijos de Judá (2 Samuel 1:18, V.M.).

Si el Señor nos pidiera hoy que aprendamos a manejar el arco en su aplicación espiritual, ¿estamos listos para hacerlo?

1 Los arqueros “de los hermanos de Saúl” vinieron a David en Siclag. “Eran de los valientes que le ayudaron en la guerra. Estaban armados de arcos, y usaban de ambas manos para tirar piedras con honda y saetas con arco” (1 Crónicas 12:1-2).