(Génesis 4:18-24)
Lamec, séptimo desde Adán en la línea de Caín, es el primer hombre cuya poligamia es recordada en la Biblia. Esa costumbre tiene, pues, su origen en un descendiente de Caín, y no en uno de Set.
A veces se dice de algunos padres: «Pueden estar orgullosos de sus hijos». Ése fue el caso de Lamec y de sus dos mujeres, Ada y Zila. Criaron sus hijos para hacer de ellos hombres útiles y trabajadores y, con su hermana Naama («amable»), formaron un encantador cuadro de familia terrestre. Los dos hijos de Ada, Jabal y Jubal, fueron respectivamente los antepasados de los que “habitan en tiendas y crían ganados”, y de los que “tocan arpa y flauta”; mientras que Tubal-caín (su nombre significa «serás ofrecido a Caín»), quizás en recuerdo de su ascendiente, fue el padre de los que trabajan el metal, industria que se desarrolla y crece en nuestros días. Sí, viendo las grandes capacidades y los éxitos de sus hijos, Lamec podía considerarse orgulloso y feliz, humanamente hablando.
Pero las apariencias engañan. Como su antepasado de quien quiso perpetuar la memoria por el nombre de su hijo, Lamec era un asesino, y el temor de la venganza pesaba penosamente sobre él y minaba la paz y el gozo que hubieran podido ser su parte. ¿Y qué sucedió con su familia, con esos primeros precursores que se ocuparon de la agricultura, la música y la industria metalúrgica? Hace mucho tiempo, dejaron la escena de este mundo para el cual habían sido destinados y en el cual habían triunfado. Nada permite suponer que hayan abandonado el camino ancho que siempre conduce a la perdición de los que lo siguen, como ocurrió en otro tiempo con su antepasado Caín.
Queriendo suscitar el éxito social de sus hijos, numerosos padres cristianos los incitan a seguir un camino ancho. No obstante, cuán preferible es caminar como desconocidos y desapercibidos aquí abajo, teniendo su nombre inscrito en los cielos, antes que brillar, sin Cristo, en medio de las personalidades de este mundo.
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