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LOS CAMINOS DE DIOS

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El camino, la senda

Estas palabras se emplean a menudo en el lenguaje bíblico para expresar la manera de actuar, el comportamiento habitual. Nuestras acciones son puntuales. Pero lo que caracteriza de manera general nuestras actitudes, nuestra línea de conducta, constituye nuestro camino, nuestra senda. Es una ilustración del mismo orden que empleamos cuando hablamos de nuestro andar.

Para hablar de sí mismo, Dios utiliza un lenguaje adaptado a la comprensión humana. Nos habla así de sus ojos, de sus oídos, de su boca, de su mano, de su corazón..., como también de su camino, de su senda y de su andar. Se trata de un lenguaje figurado, que resulta muy accesible para todos nosotros, pero no debemos olvidar que “Dios es Espíritu” (Juan 4:24). No tenemos que dar un sentido material a estas palabras. Israel no había visto “ninguna figura”, cuando Dios se había revelado a él, y el pueblo fue puesto solemnemente en guardia contra toda representación concreta de Dios, contra toda “imagen de figura” (Deuteronomio 4:12-16).

Los caminos de Dios ocupan mucho espacio en la Palabra. La expresión se encuentra con dos sentidos distintos:

  1. — los caminos en los cuales Dios mismo anda, es decir su manera de actuar.
  2. — y los caminos con carácter divino en los cuales él llama a los suyos a andar.

1. LOS CAMINOS DE DIOS

Cómo actúa Dios

“Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8-9).

Este pasaje de Isaías nos pone en nuestro lugar ante Dios. Sus pensamientos y sus caminos son infinitamente más altos que los nuestros. Preservemos nuestros espíritus de juzgar a Dios según nuestras normas humanas, débiles y limitadas. Vemos sólo una pequeña parte de las cosas, mientras que Él las ve en su conjunto. Observemos, para nuestro aliento, que estos versículos están enmarcados por la declaración de la gracia de Dios: “El cual será amplio en perdonar” y “con alegría saldréis” (v. 7, 12).

No obstante, aun si ellos nos sobrepasan extensamente, estamos profundamente interesados en los caminos de Dios, particularmente en sus caminos para con el hombre y para con la tierra. Tienen que ver con nosotros directa o indirectamente, y tienen una relación muy estrecha con la gloria de Cristo, con quien está ligada nuestra vida.

El Antiguo Testamento, tanto en la parte histórica como en la profética, nos hace conocer los caminos de Dios para con Israel. Éstos los resume notablemente el versículo 8 del salmo 99: “Jehová Dios nuestro, tú les respondías; les fuiste un Dios perdonador, y retribuidor de sus obras”. ¡Qué contraste: perdón y juicio! Dios actúa siempre de acuerdo con su propia naturaleza, que es “amor” y “luz”. En su misericordia, respondió siempre a la fe de los suyos y estuvo dispuesto a perdonarlos. Pero también, su santidad se manifestó siempre en el juicio del mal.

“La comunión íntima de Jehová es con los que le temen” (Salmo 25:14). Solamente en la comunión con Dios y en el temor que le es debido podemos recibir de él algún conocimiento de sus caminos. Moisés, el conductor de Israel a través del desierto, había entendido más que el pueblo el alcance y la razón de las obras de Dios. “Sus caminos notificó a Moisés, y a los hijos de Israel sus obras” (Salmo 103:7).

Los caracteres de los caminos de Dios

Al fin del viaje a través del desierto, Moisés dio este testimonio: “Él es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud” (Deuteronomio 32:4).

En el cántico que dirigió a Dios “el día que Jehová le había librado de la mano de todos sus enemigos” (2 Samuel 22:1), David miró hacia atrás y dijo: “En cuanto a Dios, perfecto es su camino... Escudo es a todos los que en él esperan” (v. 31). Y confirmó en el salmo 145:17: “Justo es Jehová en todos sus caminos, y misericordioso en todas sus obras”.

Después de haber desarrollado los caminos de Dios, pasados y futuros, hacia su pueblo Israel, el profeta Oseas concluyó: “¿Quién es sabio para que entienda esto, y prudente para que lo sepa? Porque los caminos de Jehová son rectos” (14:9).

La epístola a los Romanos pone delante de nosotros los propósitos eternos de la gracia de Dios hacia el hombre y los medios por los cuales los realizó. Y si, en cuanto a la culpabilidad, al medio de salvación y a su alcance, judíos y gentiles están en un pie de igualdad, al final de la epístola, el apóstol Pablo muestra cómo el lugar particular de Israel será mantenido y cómo las promesas hechas a los patriarcas encontrarán sus cumplimientos. Después de esta exposición, exclamó: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!” (Romanos 11:33).

El libro del Apocalipsis, en el seno de los juicios que golpean la tierra, nos hace entender este último testimonio: “Justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos” (15:3).

Muéstrame tu camino

“Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca” (Éxodo 33:13). Es una oración de Moisés, después del asunto del becerro de oro. Aquí el conductor no pidió que se le mostrase cuál era el camino en que debía andar el pueblo, sino que deseaba saber lo que Dios haría, cuáles serían Sus caminos. ¿Aceptaría acompañar él mismo a su pueblo rebelde o enviaría un ángel delante de él? (v. 2-3, 12-16). Y Dios se dejó ablandar por la intercesión de Moisés (v. 17).

Esta apremiante oración contiene todavía una enseñanza importante para nosotros. El conocimiento de los caminos de Dios conduce al conocimiento de Dios mismo: “Te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca”. Moisés deseaba progresar en este conocimiento.

En efecto, en el mismo capítulo, le escuchamos decir a Dios: “Te ruego que me muestres tu gloria”. Su deseo no pudo serle enteramente satisfecho: “No podrás ver mi rostro”, le respondió Dios. Antes de la venida de Cristo, era imposible contemplar la plenitud de lo que Dios es. Sin embargo, Dios respondió a la espera de Moisés, en la medida de lo que podía ser conocido. Y le respondió: “Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro”. Y él va a esconderlo en la hendidura de la roca, cubrirlo con su mano y luego apartar su mano. Y así Moisés podría ver sus “espaldas” (v. 18-23).

“Ver sus espaldas” correspondía bien al pedido de Moisés: “Te ruego que me muestres ahora tu camino”. Los caminos de Dios permanecen como un misterio. A menudo, el hombre no puede saber de antemano lo que Dios hará. ¿Va a emplear la gracia y perdonar, o actuará en juicio? Pero, después que actuó, podemos en alguna medida discernir sus pisadas, ver cómo actuó. Es tal como también lo expuso Asaf en el salmo 77:19: “En el mar fue tu camino, y tus sendas en las muchas aguas; y tus pisadas no fueron conocidas”. Los caminos de Dios quedan como un misterio.

Santo es tu camino

En este mismo salmo 77, vemos a Asaf en la angustia. Después de haberse atormentado en su espíritu, y de haberse preguntado si la misericordia de Dios había cesado para siempre, al fin encuentra su consuelo: “Oh Dios, santo es tu camino” (v. 13). Los caminos de Dios se despliegan en la tierra, donde podemos discernir algunas huellas de ellos, pero tienen sus fuentes en el lugar santo, en la morada eterna de Dios. Él actúa siempre en perfecto acuerdo con su naturaleza.

Esta declaración del salmo 77 está esclarecida por la experiencia de Asaf en el salmo 73. Viendo “la prosperidad de los impíos” cuando él mismo era probado, Asaf estaba conmovido en sus pensamientos; no comprendía la manera de actuar de Dios. Llegó al punto de preguntarse si valía la pena de caminar en el temor de Dios. Luego, al final, “hasta que entrando en el santuario de Dios”, comprendió el fin de ellos (73:17). Entonces, fue llevado a juzgar sus pensamientos y a confesar su torpeza (v. 22). “En el santuario”, en la medida que sepamos entrar y mantenernos allí, podremos comprender algo de los caminos de Dios, de su manera de actuar.

2. LOS CAMINOS DE DIOS PARA CON LOS SUYOS

Caminar en los caminos de Dios

Llegamos al segundo sentido de la expresión “camino de Dios”, el cual Dios traza delante del hombre para que ande en él.

Abraham no solamente había caminado en ese camino, sino que pidió “a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio” (Génesis 18:19).

En el libro del Deuteronomio, Moisés anima a la nueva generación diciendo: “Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames...?” (10:12).

En el salmo 25, David pide: “Muéstrame, oh Jehová, tus caminos1; enséñame tus sendas. Encamíname en tu verdad, y enséñame” (v. 4-5). Y agrega: “Bueno y recto es Jehová; por tanto, él enseñará a los pecadores el camino. Encaminará a los humildes por el juicio, y enseñará a los mansos su carrera... ¿Quién es el hombre que teme a Jehová? Él le enseñará el camino que ha de escoger” (v. 8-9, 12). Y en el cántico que ya hemos citado, dice, con integridad de corazón: “Jehová me ha premiado conforme a mi justicia; conforme a la limpieza de mis manos me ha recompensado. Porque yo he guardado los caminos de Jehová” (2 Samuel 22:21-22).

De Josafat, uno de los descendientes de David, la Palabra da este hermoso testimonio: “Se animó su corazón en los caminos de Jehová” (2 Crónicas 17:6). Lo que lo condujo a los resultados prácticos: purificó su país de la idolatría y envió levitas de ciudad en ciudad para enseñar la ley de Dios.

Israel en conjunto, desgraciadamente, no marchó en los caminos de Dios. ¡Con qué tristeza Dios debió decir: “Mi pueblo no oyó mi voz, e Israel no me quiso a mí...! ¡Oh, si me hubiera oído mi pueblo, si en mis caminos hubiera andado Israel!” (Salmo 81:11, 13). No obstante, los profetas anuncian la restauración del pueblo, en un día futuro, y el profundo trabajo que Dios operará: “Les daré un corazón, y un camino, para que me teman perpetuamente, para que tengan bien ellos, y sus hijos después de ellos” (Jeremías 32:39). Y a través de ellos, la bendición se derramará sobre toda la tierra; las naciones afluirán a Jerusalén y dirán: “Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas” (Isaías 2:3).

Esperando este glorioso día, caminamos en un mundo, en el cual los caminos están corrompidos, y tenemos una gran necesidad de que Dios nos guarde de ser contaminados por ellos. Pero tenemos recursos. “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra” (Salmo 119:9). En nosotros mismos, no tenemos ninguna fuerza para esto, pero si contamos con el poder de Dios, podremos hacer realidad la experiencia de David: “Sustenta mis pasos en tus caminos, para que mis pies no resbalen” (Salmo 17:5). No en cualquier camino podemos contar en el sostén de Dios, sino en sus sendas.

“Bienaventurado todo aquel que teme a Jehová, que anda en sus caminos” (Salmo 128:1). Pues, “El camino de Jehová es fortaleza al perfecto” (Proverbios 10:29).

Conclusión

Es muy notable que la misma expresión, “los caminos de Jehová”, designe en el lenguaje de la Escritura unas veces la manera de actuar de Dios mismo, y otras, aquella que espera de los suyos. Y esto nos lleva a preguntarnos: ¿Es tan diferente? Desde luego, Dios actúa como el Soberano que tiene todo entre sus manos, que gobierna y que retribuye según su justicia. Esto le pertenece sólo a Él. Pero los rasgos morales que caracterizan los caminos de Dios —que caracterizan su manera de actuar— ¿no son los mismos que él desea ver reproducidos en el andar de los suyos? Y así los caminos de Dios vienen a ser el modelo del camino de los suyos.

Los dos sentidos de la expresión parecen superpuestos en el último versículo del profeta Oseas. Según el contexto, este pasaje se refiere sin ninguna duda a los caminos de Dios, pero indica además que los hombres caminarán en ellos: “Los caminos de Jehová son rectos, y los justos andarán por ellos” (Oseas 14:9).

Si esto podía ser verdadero para “los justos” de otro tiempo, ¡con cuánta mayor razón deberá serlo para aquellos a quienes Dios reconoce hoy como sus hijos! “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros” (Efesios 5:1-2). “Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas” (1 Pedro 2:21).

1 N. del E. Es posible que los dos sentidos de la expresión estén presentes aquí.