El amor en Dios, no algún atractivo en el hombre pecador, explica la rebosante liberalidad de su aceptación en Cristo.
09.09.2010
MOISÉS EN LA ESCUELA DE DIOS Imprimir
Escrito por J. N. Darby   

Moisés en la corte de Faraón podía parecer un excelente instrumento de liberación a los ojos de los hombres, porque “era poderoso en sus palabras y obras”, y “fue enseñado… en toda la sabiduría de los egipcios” (Hechos 7:22). Pero el instrumento suscitado para la liberación de Israel debía despojarse de sí mismo. Moisés quiere actuar; se identifica con el israelita maltratado y mata al egipcio (Éxodo 2:11-12). Fue una manifestación de poder según sus propios pensamientos, lo que lleva al fracaso. Moisés huye; toda su esperanza e influencia en la corte de Faraón se desvanecen; la condición de Israel se agrava aún más. Moisés pasa cuarenta años en el desierto, y cuida las ovejas.

Cuando la aflicción del pueblo llega a su colmo, y Moisés está completamente olvidado, Dios interviene. Vio la aflicción de su pueblo; ¿a quién les envía? A Moisés. Éste, humillado, dice a Dios: “Soy tardo en el habla y torpe de lengua” (Éxodo 4:10). Tenía coraje cuando se apoyaba en sí mismo, pero no lo tiene en lo más mínimo cuando Dios lo envía. ¡Qué dolor para Dios cuando se trata de reducir a nada esa miserable confianza en nuestra fuerza natural!

Primero, Dios quita toda esperanza a Israel; luego dice: “He descendido para librarlos” (Hechos 7:34). Hacemos la misma experiencia individualmente, y nos cuesta creer que cuando somos débiles, entonces somos fuertes (2 Corintios 12:10). La confianza en nosotros mismos es la nefasta tendencia de nuestros corazones. Brota a cada instante como mala hierba. Dios no puede bendecirnos mientras tengamos confianza en nosotros mismos, o en otro hombre. ¿Cómo podría bendecir el orgullo del corazón? Es necesario que seamos despojados de nosotros mismos. Cuando Moisés fue poderoso en sus palabras y obras, tuvo que ser puesto fuera de Egipto. Pedro, que se confiaba en su amor por el Señor y en sus buenas intenciones, negó a Jesús. Todo lo que acerca nuestras almas a Dios, es una bendición. El conocimiento no necesariamente es una bendición, si Dios no toma en el corazón el lugar de toda confianza carnal. Un conocimiento que sólo agrega a las adquisiciones del hombre no puede sino alejarnos cada vez más de Dios. Pero cuando este conocimiento pertenece al dominio de la fe y pone a Dios en lugar de nosotros mismos, es algo excelente.

El hombre más insignificante desea ser algo; no tenemos noción del fondo de orgullo que hay en él. El mundo puede olvidarse de él, pero él no se olvida  de sí mismo, hasta que Dios viene a reemplazar su «yo» en su corazón; y tal es el verdadero progreso cristiano. Nuestra felicidad crece en proporción al lugar que le damos a Dios; pero a menudo se necesitan muchas pruebas para que aprendamos esto que es tan difícil: «olvidarnos de nosotros mismos».

Hace falta mucho tiempo para despojar a un hombre de sus pretensiones. Si nuestra propia familia se opone a nosotros, nos critica, hace resaltar nuestra falta de fidelidad (de la cual ella es un excelente juez), esto es bueno, pues así aprendemos lo que hay dentro de nosotros mismos. Y cuando, de esta manera, hemos experimentado la locura de nuestra confianza en nosotros mismos, somos hechos capaces, como Pedro, de confirmar a nuestros hermanos (Lucas 22:32).

No nos desanimemos cuando Dios nos despoje y parece abandonarnos; la verdadera bendición para nosotros es que Dios sea todo y que nosotros no seamos nada. Dios es fiel para destruir nuestro orgullo. Recibamos con agradecimiento lo que hace para humillarnos, porque lo hace según su poder, para bendecirnos.